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Por JUAN GARCÍA CASELLES / «Algunos creen erróneamente que cada uno puede optar o elegir la orientación sexual independientemente del cuerpo con el que ha nacido. Pero la identidad sexual no se elige, es un don que se recibe». Son palabras del secretario general de la Conferencia Episcopal, José María Gil Tamayo, comentando el nuevo catecismo.

Mira por donde, empiezo yo a estar de acuerdo con la Conferencia Episcopal Española, porque, me parece a mi, que tanto el cuerpo, la fisiología, como la identidad sexual, los sentimientos sobre el propio yo, son un don que se recibe. Si en vez de partir de prejuicios sobre la malignidad de la homosexualidad, dedicaran algún tiempo a preguntar a los que sufren (y gozan) por la homosexualidad (y otras variantes de la sexualidad), verían que no se trata de ninguna opción, sino que es, en general, algo que les viene impuesto, tanto da si es por la genética como por la educación, el ambiente, la enfermedad, los efectos secundarios de alguna medicina, o lo que sea.

Yo soy macho y me gustan las mujeres, no porque yo así lo haya querido, sino porque me ha venido impuesto. Hablo castellano, que no es cosa genética, pero que, al fin, me ha venido tan impuesto como el nivel de testosterona. Nací en una determinada familia, en un pequeño pueblo, con unas ciertas costumbres, etc., y todo eso me fue dado sin que yo eligiera nada de ello. Y es que hay cosas no estrictamente biológicas que nos vienen dadas sin que podamos decidir sobre ellas.

Es decir, los dones no son solo los derivados de la fisiología, sino del conjunto de caracteres heredados tanto por la transmisión de los genes como de los hábitos, costumbres, sentimientos, valores, cultura, etc.
¿Y si resultara que la homosexualidad (o cualquiera otra forma de sexualidad) ha sido querida por Dios, que fijó el sexo y la genética aleatoria como parte de su plan? ¿De verdad no se lo han planteado nunca?

Los seres humanos somos lo que somos no solo por la herencia, sino, sobre todo, por la transmisión de formas de vida recibidas de nuestros ancestros. Somos naturaleza, claro, y somos también historia, y las dos cosas son de origen divino, que se sepa.

Más cosas. También el egoísmo es natural, nos viene dado, pero eso no hace que sea bueno. Y la enfermedad lo mismo. Siendo ambas cosas naturales, no solo no las aceptamos, sino que nos pasamos la vida luchando contra ellas. En la misma onda, la sexualidad, en todas sus formas, creo yo que debe venir subordinada al respeto a la libertad y la dignidad de los demás, al hecho de que somos personas, hijos de Dios. Pero esto es otra historia.

Lo fundamental, o al menos así lo creo, es que no se es homosexual o bisexual por decisión personal, sino que es un don no elegido. Aunque supongo que quizá haya casos de personas que efectivamente elijan su tendencia sexual. Eso sí, de estos no conozco a nadie. De los otros, de los que son lo que son porque no
tienen más remedio, conozco unos cuantos.

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