Los y las militantes de la Hemandad Obrera de Acción Católica (HOAC) de la Diócesis de Cartagena comparten esta reflexión ante los días de Navidad que vamos a vivir

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– ¿Qué pasa José? ¿Por qué tanto bullicio?
– María, han encontrado petróleo, cerca de aquí. Vamos a ser un pueblo rico, vamos a tener trabajo. Nuestro hijo nacerá en un lugar que será conocido en todo el mundo.
– José, no seas tan optimista. Faltan cuatro meses para que nazca nuestro hijo. No puede ir tan rápido.
– Estas cosas van muy rápido, María. Hay mucho dinero en juego y no van a perder el tiempo, si fuera para luchar contra la pobreza quedaría en el olvido.
– Me dan miedo estas cosas.
– ¿Por qué María? Es una gran oportunidad para nosotros. Somos pobres, tenemos trabajo precario, pero muy mal pagado. Cuando esto tome fuerza y sea realidad, tendremos un buen trabajo y podremos darle a nuestro hijo un futuro que nosotros no hemos tenido.
– Mira a esos países que han tenido riquezas y cómo al final se han producido guerras para conseguirlas. Prefiero quedarnos como estamos.
– No seas desconfiada, María. Todo el pueblo lo celebra y tú con miedo. Dentro de un año, cuando tengamos cosas que ahora no podemos tener, ya me contarás. Bueno, voy a echar un rato, que tengo que poner dos ventanas.

María se quedó sola contemplando su vientre y acariciándolo, sintiendo a su hijo, a Jesús. Ella le hablaba y le cantaba con un inmenso cariño y ternura. Pasaron los días y esa esperanza por esa riqueza hallada se convirtió en miedo. ¿Por qué? Todo el mundo, las multinacionales y los grandes imperios, querían el petróleo.

– José, ¿qué te pasa? ¿Por qué esa cara tan triste y con tanta preocupación? –preguntó María, aunque sabía la respuesta.
– Las noticias que están llegando no son nada buenas, hay mucho movimiento militar, parece que hay tropas de otros países en la frontera.
– Se ha despertado de nuevo la avaricia y la codicia de los que atesoran las riquezas –afirmó llena de amargura.
– Una nueva guerra. Se matarán a los pobres y entre los pobres para que ganen los ricos, como siempre.
– José, no quiero que lo entiendas como un reproche, pero ya te dije que el petróleo traería violencia, porque está en nuestra tierra, en nuestro pueblo, está en un país pobre y los países ricos lo quieren como sea. Justificarán esta guerra en el nombre de la libertad y de la justicia.

José guardó silencio mirando profundamente a María y se abrazaron sintiendo ese amor que siempre se habían tenido.

– Esperemos que al final no pase nada.
– Esperemos María, sobre todo por nuestro hijo –sollozó José.

refugiados1¡Qué frágil que es la vida! Todo se puede romper en cualquier momento. La preocupación y el miedo se extendieron por Nazaret y esta buena gente empezó a ver que la vida se le oscurecía. Un día, estando María en la casa y José fuera trabajando, ocurrió lo que no querían que pasara. Una tremenda explosión sacudió toda la calle, haciendo temblar la casa, y se empezaron a oír gritos de dolor. María salió a la calle y vio mucho humo y polvo. Vio gente herida y muerta, su corazón se rompió cuando vio a Marcos, ese niño de cinco años tirado en el suelo y sin vida, ese niño que ayudó a nacer, a venir al mundo y que ella le dijo “bienvenido a este mundo, Marcos”. Corrió hacía su casa y se acurrucó en una esquina, pensado en José. A los pocos minutos oyó su voz desgarrada.

– ¡María, María! ¿Dónde estás?
– ¡José! ¿Estás bien?
– Sí, y ¿tú?
– Bien, no te preocupes. Ha sido terrible, nuestros amigos, he visto a… No pudo terminar la frase.
– La guerra ha comenzado, nos hemos quedado sin vida, sólo destrucción. ¿Por qué tanta maldad?

Pasaron los días, y se oían los disparos, las bombas. Ya no tenían agua, ir a por ella suponía un gran riesgo, la comida era escasa, la gente ya no reía, los niños y niñas ya no jugaban, ya no iban a la escuela, ya no había hospitales. José y María decidieron huir.

– María, ya he hablado con Zaqueo y nos va a sacar de aquí. Tenemos que darle prácticamente todos nuestros ahorros.
– Lo sé, José, pero no podemos hacer otra cosa. Nuestro hijo Jesús no puede nacer aquí y no sé si alguna bomba…
– Tenemos que darle una oportunidad a nuestro hijo. Salimos mañana de madrugada. Vamos a Europa, allí podremos encontrar la paz y buscar un trabajo. Tenemos que recuperar nuestras vidas, aunque muchos de nuestros amigos ya no podrán. ¡Cuánto dolor! ¿Por qué los hombres estamos llenos de avaricia, ambición y violencia? ¿Por qué?

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Esa noche, María y José no pudieron dormir, se abrazaron y lloraron juntos, mientras oían de vez en cuando el sonido de la guerra. Llegó la madrugada y partieron a esa tierra prometida. El camino fue duro, María sufría mucho, pero quería que su hijo naciera en un lugar en paz. Recorrieron cientos de kilómetros, cruzaron ríos, vieron fallecer a niños en el camino. Un éxodo de dolor y esperanza. Pero, ocurrió algo inesperado.

– José, no me encuentro bien ¡Dios mío! Creo que voy a dar a luz. No creo que aguante nada.
– María, cógete de mis manos.

Pidieron a Zaqueo descansar un poco, pero se negó, mostrando una gran indiferencia y frialdad.

– Si no podéis continuar, quedaos aquí. No es mi problema.

Continuaron un par de kilómetros, hasta que María no podía más.

– Nuestro hijo viene ya.
– Vamos a ese pesebre, allí estaremos bien –señaló José.

A las pocas horas, en ese pesebre se oyó el llanto de una criatura, Jesús había nacido, había nacido en un mundo donde se mata por el poder y la ambición y el dinero. José y María pensaban qué sería de su hijo. ¿Moriría? Nazaret había quedado ya muy lejos, Nazaret estaba prácticamente destruida. Guardaban silencio, contemplando a Jesús, entre una mirada con un inmenso cariño y al mismo tiempo con un miedo atroz.

En esos momentos, pasaron unos pastores con sus ovejas, y viéndolos, se acercaron.

– No nos tengáis miedo, solo os queremos ayudar.

r10Los pastores permanecieron unos días con Jesús, María y José. Les proporcionaron calor, alimentos y amistad. Pero, llegó un día que tenían que marcharse.

– Nos tenemos que ir, lo único que podemos hacer es llevaros con nosotros y dejaros en la playa para que cojáis un barco que os lleve a Europa.
– Pero, no nos queda ya dinero –dijo María llena de angustia.
– No os preocupéis, hemos hecho una colecta entre nosotros y os pagamos el viaje, no podemos hacer otra cosa.

José se les abrazó, rompiendo a llorar y dándoles las gracias.

– Este niño tiene que vivir y seguro que será alguien que lleve la libertad, la justicia y la paz a los pueblos. Lo presiento –dijo uno de los pastores.

Lo que parecía imposible se hizo realidad. Gracias a estos pastores se abrió la bondad, la vida y la esperanza. Llegaron hasta la playa y se subieron a una barcaza muy vieja, donde embarcó muchísima gente. José y María pusieron al niño en medio. Volvieron la vista atrás y vieron a los pastores cómo los miraban fijamente y los despedían con una sonrisa.

Después de una travesía muy dura, llegaron por fin a la orilla de Europa. Creyeron encontrar por fin un lugar digno para ellos, para Jesús. Pero, su camino quedó cerrado. Les pusieron vallas y alambradas para que no pudieran llegar a ningún sitio. Venían de una guerra y se encontraron con porras y gases lacrimógenos. Los encerraron en campos de refugiados, que también se podría llamar de concentración, en condiciones inhumanas, pasando frío, con poca agua, con alimentos escasos, con una asistencia sanitaria muy deficitaria y, sobre todo, quisieron dejarlos sin esperanza. En ese ambiente, esa familia fue malviviendo, pero, con ese nacimiento, rebrotó de nuevo la vida, la justicia, la libertad. Se abrieron los caminos de la esperanza, de la dignidad, de los derechos humanos, de la paz, la fraternidad. Se abrió el horizonte de que esa vallas y alambradas hechas de codicia, avaricia, poder, ambición, racismo, xenofobia, soberbia, violencia e indiferencia… se derrumbaran y dieran paso a una humanidad nueva.

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Con el nacimiento de Jesús ya no importan las economías, sino la dignidad humana y el bien común, para que no haya ninguna familia sin techo, ningún campesino sin tierra y ningún trabajador sin un trabajo digno.

¡Feliz y gozosa Navidad!

 

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