Por JUAN GARCÍA CASELLES / La palabra infinita, que sale de todas las bocas, y. como el bálsamo de Fierabrás, es el remedio de todos los males, mucho mejor que la mano de santo. De un lado, los nacionalistas catalanes, pidiendo diálogo a Rajoy, a la CE, a la comunidad internacional y a quien se ponga delante de un micrófono. Pero, ¡ay, Dios! son incapaces de dialogar con su propia oposición catalana. Y del otro los nacionalistas españoles (insultando a Piqué porque nos viene a ayudar, que hay que ser tonto de capirote) presididos por este Rajoy de nuestros pecados y que no es capaz de dialogar con nadie salvo con los del C’s, que con esos no tiene problema porque los torea cuantas veces sea necesario, o de ese otro diálogo con PNV y canarios que consiste en comprar votos con dinero público, y que será muy legal, pero que huele a corrupción que apesta.

Así que parece que la cosa no tiene remedio. Y es que, mira tú por donde, es que son igualitos, nacionalistas todos, aunque de distintas naciones (si es que lo de nación es algo definible, que yo me acuerdo de lo de la unidad de destino en lo universal y se me cruzan los cables). También es verdad que para que aparezca un nacionalismo es necesaria la presencia de una burguesía. Bueno, parece que a estas alturas está muy claro que no hay naciones sino nacionalismos. Es el nacionalismo el que hace la nación y no al revés. ¿Por qué? Pues porque con arreglo a las necesidades del capitalismo los teóricos dieron el salto mortal y medio pasando del poder encarnado  en el pueblo al poder encarnado en la nación, salto en el fueron maestros los historicistas alemanes. Y todo eso por aquello de la unidad y la seguridad del mercado.

La cosa tuvo éxito, porque así como el capitalismo se apoya en el egoísmo, la nación existe cuando la alienta el nacionalismo, que es un sentimiento del que nadie está libre, el de pertenencia al grupo, a la horda y que es la elaboración de nuestro instinto de pertenencia, instinto que compartimos con muchos de nuestros primos
antropomorfos (chimpancés, babuinos, geladas, etc.).

Ocurre que en el capitalismo los individuos corrientes y molientes lo tiene muy crudo para poder autovalorarse si no eres rico o poderoso, porque en el trabajo se les
explota y los políticos les oprimen, así que uno puede ser poquita cosa, pero si se incorporan a un pueblo poderoso (Yo soy español…) o se apuntan a forofos de un club
de fútbol (o las dos cosas a la vez) pueden empezar a revestirse seriamente con la gran dignidad delegada por la nación o el equipo.
Así los individuos van adaptándose a la estructura general económica, pero a veces la cosa no queda bien resuelta. Recordemos como la gran crisis del 29 y como
grandes capas de población (trabajadores y clases medias) vieron su salvación en fascismo. Si no está ciego de solemnidad, cualquiera puede ver como en Europa, el
efecto más pernicioso de las gran crisis de 2007 está produciendo exactamente lo mismo. Una situación de indefensión e inseguridad y la gente se apunta a soluciones
facilonas y consignas sencillas, como eso de que con la independencia viviremos mejor, cuando las perspectivas son justamente las contrarias. Véase quienes apoyan
en Europa a los independentistas, cosa en la que seguramente se equivocan, porque el fascismo está mucho mejor encarnado por Rajoy, que todos sabemos de donde
viene.

Así nacionalistas aparentemente tranquilos se apoyan en masas enfervorizadas dispuestas a formar piquetes para salvar a la patria en espera de vivir mejor. Y con ello
la situación se encabrona, porque hablar con el instinto, con las gónadas, y no con la cabeza, lleva a estos problemones, cuando la situación parecía calmada y los
capitalistas tan contentos porque le han robado a los proletarios una buena parte de su nivel de vida.

A lo que voy, todo análisis de lo que pasa en España y en Cataluña que ignore la situación económica solo es puro humo televisivo. Recordemos que el drama
empezó con Mas pidiéndole perras a Rajoy.

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