I DOMINGO DE ADVIENTO, 2-12-2018 / Jeremías 33, 14-16; Salmo 24; 1Tesalonicenses 3, 12 – 4, 2; Lucas 21, 25-28.34-36.  

Por JOSÉ LUIS BLEDA / Podemos decir que empezamos el año litúrgico igual que lo terminamos el pasado domingo; recordad que la profecía de Daniel y el Apocalipsis nos hablaban del hijo del hombre entre nubes, y, en este domingo se nos presenta las palabras de Jesús sobre el fin de los tiempos según el Evangelio de Lucas, que nos dice que veremos “al Hijo del hombre venir en una nube”. 

Adviento viene de Ad vento, ad venire, es un tiempo para prepararnos para lo que viene, o, para recibir al que viene. Los cristianos celebramos este tiempo como preparación para las fiestas de Navidad, al igual que los comercios y la sociedad preparan luces, escaparates, limpian calles, nosotros también tenemos que prepararnos para celebrar la Navidad, el Nacimiento de Jesús, así reconocemos que la profecía de Jeremías, la primera lectura, ya se cumplió con el nacimiento de Jesús, que es el vástago de David, y quién con sus palabras y obras nos indicó la manera justa y recta de vivir aquí en la tierra. Pero, el Adviento es algo más profundo, esta preparación debe ser signo de una más profunda y seria, la preparación para la segunda venida de Jesús, para cuando llegue sobre una nube.

¿Cómo prepararnos?

Este domingo nos ofrece dos actitudes o dos modos de ir preparándonos:

Primero levantándonos, poniéndonos en pie. Jesús lo dice en el Evangelio: levantaos. Precisamente el verbo levantar es uno de los que más dice Jesús, se lo dice a los enfermos, paralíticos, a los muertos (la hija de Jairo, a Lázaro), a los que se arrodillan o postran ante él, ya sea como signo de arrepentimiento, de agradecimiento o de adoración. Jesús, Dios, no nos quiere postrados, nos quiere de pie, y, para eso tenernos que levantarnos. El salmo 24 también lo expresa: “A ti Señor, levanto mi alma”, y en las estrofas se nos habla de caminar, y para caminar tenemos que estar levantados, sino no caminamos, nos arrastramos.

Lo primero a lo que nos invita el Adviento es a levantarnos, a ponernos en pie, a no permanecer caídos, ni tumbados, ni arrodillados… Podemos haber caído ante el dolor propio o de las personas que queremos, la enfermedad, la muerte de un ser querido, la depresión, el fracaso; también podemos estar tumbados, viendo la televisión, conectados a las redes, con los juegos, apáticos, indiferentes, pendientes y dependientes de algo que no es real, solo existe en las pantallas; también podemos estar arrodillados, sometidos a lo que nos domina y nos impide crecer, caminar, ser libres, arrodillados a causa de una práctica religiosa intimista e individualista que nos evade de la realidad y del compromiso social, que no se diferencia de las drogas como hace tiempo señalo Karl Marx. Pues, tenemos que levantarnos, ha llegado el momento de levantarse, de ponerse en pie, el Adviento es el tiempo de levantarse.

¿Levantarnos para qué? Pues la segunda lectura nos lo dice muy claro: para amar, amar hasta que el amor mutuo y el amor a todos rebose en nuestros corazones. El que está amargado, llorando, quejándose, quién solo se preocupa de sí mismo, de su juego, de ganar él y solo él, de su salvación sin darse cuenta de lo que hay alrededor, no ama, no se ama siquiera a sí mismo, tampoco ama a los que le rodean, no se da cuenta de lo que viven y sienten aquellos que comparten su vida, su hogar, y mucho menos ama a los demás. ¿Cómo vamos a amar al hijo de María y de José que nació hace más de dos mil años en Belén si no amamos, si no nos amamos? A Jesús tenemos que recibirlo rebosantes de amor, es lo que podemos presentarle cuando lleguemos ante él, ya sea ante el pesebre, ya sea ante su trono celestial al final de los tiempos, y para eso, tenemos que levantarnos, caminar, vivir en el amor.

Feliz inicio de Adviento, ánimo, levantaos y amad.

 

 

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