Por JUAN GARCÍA CASELLES / Las del alba serían cuando Pedro Sánchez, dispuesto a resolver una vez por todas el lío catalán, se subió al helicóptero que en breves minutos le dejó en el aeropuerto, desde donde un caza supersónico le trasladó en un periquete a la ciudad de Barcelona, donde, impaciente, le esperaba el señor Quim Torra, rodeado de su más estrechos colaboradores, cuyo consejo fue innecesario porque sin tardar llegaron al previamente convenido acuerdo de convocar sin tardanza el ansiado por los independentistas referéndum sobre la independencia de Catalunya, estableciendo que el texto de la pregunta sería: “¿Es usted partidario de la independencia de Catalunya respecto a España?”.

Con el máximo sigilo volviose Pedro a Madrid y convocó inmediatamente un extraordinario Consejo de Ministros, lo que levantó las orejas del mundo periodístico, cuyos componentes se quedaron boquiabiertos al leer en un BOE extraordinario la convocatoria del referéndum que se realizaría el mes siguiente.

Pero, hete aquí, que. tan pronto como fueron informados, el Casado y el Rivera, se pusieron de acuerdo, y en menos que canta un gallo presentaron en el Constitucional una recurso de nulidad y solicitando asimismo la paralización cautelar para evitar el irreparable daño a la proclamada unidad patria.

No se lo pensaron dos veces los vejetes del Tribunal y acordaron en sesión extraordinaria convocada al efecto suspender de momento la realización del
referéndum, con lo que todo el movimiento de Pedro se quedó en agua de borrajas.

Varios meses más tarde, con una prontitud inusitada, tras innumerables deliberaciones y profundos y documentados informes de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado, el Constitucional dictaminó que tal tipo de referéndum no estaba contemplado en el sagrado texto del setenta y ocho por lo que no podía llevarse a cabo sin una modificación previa del mismo.

Dicen las crónicas que este fracaso fue el fin de la carrera política de Pedro.

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