Por JUAN GARCÍA CASELLES / Aún recuerdo la cara de la Carme Chacón, que en gloria esté, oyendo desgranar a Zapatero ante el Congreso el mea culpa de la crisis económica y aceptando todas las imposiciones de la encerrona con los capitostes del capitalismo español que le organizó el hoy rey emérito, el de los oscuros negocios, y que le daba la puntilla después de haber recibido una amable carta en la que se le recordaba cuales eran sus obligaciones de gobernante, como era la de garantizar el cobro de sus deudas a los bancos europeos (y específicamente de los alemanes) a costa de la inevitable hambre de muchos españoles, y, obedientemente, pactó modificar la “sagrada” constitución en un plis-plas y hacer una reforma laboral que dejaba a los trabajadores a los pies de  los caballos, pero que aún les pareció insuficiente a los portavoces del dinero y que le llevó a la humillante derrota de su partido en las elecciones siguientes, donde una mayoría de trabajadores le castigó votando al inefable Rajoy, para su posterior desdicha (de los trabajadores, claro).

Dicen que la historia se repite, y debe ser verdad, pero según y como, porque ahora le ha tocado a Sánchez, si bien los personajes han cambiado, pero la obediencia
es la misma.

Mientras el democratísimo Senado le condenaba por los espeluznantes delitos de haber nacido y de hablar con catalanes, que hay que ver, le llamaron a capítulo desde Davos, donde con amabilidad y señorío escucharon sus disquisiciones sobre la necesidad de una política social, eso sí en un buen inglés, pero a cambio le exigieron que hablara con el Guaidó, que nadie sabía de donde había salido, aunque rápidamente quedó claro que era una simple pero peligrosa prolongación del dedazo de Trump, que no pudiendo con los demócratas yanquis, decidió reforzar su autoestima aplicando su poder a los más desgraciados, que es este un procedimiento normalmente utilizado por los políticos frustrados en cuanto sienten que están perdiendo poder.

Así que, llegado que fue a los madriles y nuevamente presionado por el capital, por su propio partido (ej.: Felipe el inmortal), insultado por el Casado y alanceado por la
inmensa mayoría de los medios de incomunicación, se vino abajo y terminó como el obispo de Sigüenza de la copla, con “que a los sus paños menores fue menester
lavandera” y, tristemente agachó la cerviz, obedeció y reconoció al Trump, digo al Guaidó.

Por lo demás, no hay que asustarse, porque estamos donde estábamos, bajo la dictadura inmisericorde del capital. Y el que no lo quiera ver, pues eso, allá el con
su cerebro o sus millones.

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