VI Domingo del Tiempo Ordinario / Jeremías 17, 5-8; Salmo 1; 1Corintios 15, 12.16-20; Lucas 6, 20-26.

Por JOSÉ LUIS BLEDA / En este domingo, en el Evangelio se nos presenta la versión de Lucas de las Bienaventuranzas. Son más conocidas las de Mateo, que son nueve y no ocho, pero estas de Lucas tampoco tienen desperdicio. Lucas nos presenta 4 bienaventuranzas que vienen de seguidas de cuatro maldiciones, según algunos, aunque personalmente prefiero referirme a ellas como cuatro lamentos, sinceramente me cuesta imaginarme a Jesús maldiciendo justo después de dar un mensaje de bendición y de esperanza, me lo imagino más con el mismo tono, pronunciando esos “ayes” más bien como un lamento y como una advertencia hacia aquellos que caminan hacia la nada, la muerte, la perdición.

Como en Mateo, la última bienaventuranza, en este caso la cuarta, en Mateo la novena, nos invita a meternos dentro, a darnos cuenta de que los bienaventurados, al menos los que estamos llamados a ser bienaventurados, somos nosotros: “Bienaventurados vosotros cuando os odien…” Somos nosotros los que estamos llamados a ser felices, dichosos, bienaventurados, y podemos serlo desde la pobreza, el hambre, el llanto,… La felicidad, según Jesús, y si nos fijamos bien, no la dan los recursos materiales, el dinero ni las posesiones, es más, los que han podido viajar por el mundo, ir de campamento, estar con niños de clase media y alta y con niños en riesgo de exclusión social pueden dar su testimonio ¿qué niños son capaces de sonreír antes? ¿qué niños disfrutan, gozan y lo pasan mejor con menos? Lo he visto en Camerún, decenas de niños disfrutando con cinco globos, o con un baile iniciado por el sonido de un tam-tam,.. Mis sobrinos, y, tantos otros, pegados a la pantalla, al ordenador, y peleándose por estar más tiempo… Pero dejemos a los niños, vayamos a los adultos, mirar por las redes: ¿Cuántos se suicidan en Bolivia, Haití, Camerún, el Chad…? ¿Cuántos se suicidan en España, Suecia, Noruega, Dinamarca,…? Como decía la santa madre Teresa de Calcuta: “Algunos son tan pobres que lo único que tienen es dinero”.

Se puede pasar hambre y ser feliz. En mis 51 años solo recuerdo una ocasión en la que pasé hambre de verdad. Fue a finales de agosto del 1993, en Lima. Regresaba a España junto a unos amigos tras mi primera experiencia misionera en Cuzco. Una de las personas que regresaba no la dejaban embarcar para España por estar con fiebre y decidió regresar a Cuzco, pero debía cambiar las divisas para comprar el billete Lima-Cuzco, y en el cambio la timaron. Entre todos pusimos nuestros fondos para que volase a Cuzco, nosotros tomaríamos el vuelo a España al día siguiente, pero nos quedamos todo un día en Lima sin dinero… Por la noche nos alojaban, a mí con otro, en una casa de ricos, que debían entregarnos unos cuadros coloniales para llevarlos a Madrid, eran parte de un legado donado a los jesuitas; los otros dos se alojaban con una familia humilde de las periferias de Lima. Los cuatro pasamos todo el día con un sándwich repartido entre todos, el hambre que tenía cuando llegué a la casa donde nos iban a alojar podéis imaginarla,… Pero en la casa, y eso que contamos lo que nos había sucedido, solo nos ofrecieron una limonada; eso sí la habitación era lujosa, cama grande, todo limpio… Los otros dos si cenaron en la casa humilde, según contaron al día siguiente. Pasé hambre, pero estaba contento, contento por haber ayudado a la otra persona a volver a Cuzco, contento por compartir lo que tenía con los otros 3 compañeros de experiencia, contento por sentir el mismo hambre que la gente que nos había acogido durante esa experiencia y por no haberme sentado en la mesa de quiénes tenían de todo, aunque la mayoría de sus conciudadanos pasará hambre todos los días. Este pasado verano en Camerún he compartido mucho rato con personas que sin duda pasan hambre, y han sido ratos de alegría de felicidad.

Llorar, se puede llorar de felicidad, pero incluso, el que llora a causa de propios males, o por el sufrimiento de quiénes tiene cerca, puede, con sus lágrimas ser feliz, sentirse bienaventurado. Recuerdo, al escribir esto, a Yasmer, joven cuzqueño, con cáncer, hijo de Panchita, una buena mujer que nos acogió en esa primera experiencia misionera, y, que falleció poco después de nuestro regreso; al joven Ramiro, boliviano al que pude acompañar y de quién he hablado en otras ocasiones, recuerdo tantos momentos de confidencias con pobres gentes, enfermos, familiares, llorando ante las circunstancia y el mal vivido, y, recuerdo lo gratificante que era el llorar juntos, el estar ahí, a su lado, compartir sus penas, sus lágrimas, su vida, y con ella también un refresco, un pancito,.., también una sonrisa, una alegría que nace de la convivencia, de lo profundo, del corazón,.., momentos de lágrimas, pero también de felicidad. Qué diferente de las carcajadas fruto de estar colocados, de querer simular ante otros que eres feliz (pero estás vacío por dentro), de reírte porque a otro le va mal o peor que a ti, para que te vean como el machito, el que disfruta,…

Decía al principio, que Jesús, en este pasaje del Evangelio, bendice y consuela, anima, da un mensaje de esperanza al pobre, al hambriento, al que llora, a cada uno de nosotros en los momentos de fracaso, desánimo, persecución, y, al tiempo se lamenta, llora, por aquellos que van por la vida satisfechos de todos, aparentando no necesitar nada ni a nadie, ya están consolados, piensan que todo lo pueden comprar,…, los que están llenos, los que piensan que en el mundo no hay hambre porque ellos ya han almorzado, los que son incapaces de ver la necesidad del otro, aunque lo tengan enfrente, siempre estarán insatisfechos, siempre les faltará algo, nunca tendrán todo lo que creen que se merecen y morirán quejándose de todo lo que les falta.

Este mensaje de Jesús, como su primera predicación que escuchábamos hace dos domingos, conllevan la persecución. Señalar al rico, al saciado, al que se ríe y declararlo infeliz, es hacerte enemigos, de gente que se cree poderosa, y que para este mundo es poderosa; estar al lado del pobre, del inmigrante, especialmente del sin papeles, del sin techo, del desahuciado,…, es también una manera de buscarte problemas, de ir contra lo establecido en nuestro mundo, por eso, sólo puede hacerse desde la experiencia de Dios, de la presencia de Dios en el pobre, en el necesitado, en esas situaciones, es la manera de fiarse de Dios, de poner, en palabras del salmo 39 la confianza en el Señor, aunque las estrofas sean del salmo 1, y es, realizar nuestra vocación profética que nos fue dada en el Bautismo, pues al posicionarnos hacemos presente la profecía de Jeremías: se maldice al que pone su confianza en el hombre (promesas de políticos-mesías, del dinero, del bienestar, del…), y se bendice al que confía en Dios. Confianza que va más allá de los límites de esta vida, que va unida, como se nos expresa en la segunda lectura, a la esperanza en la vida eterna, en la vida plena, junto al Creador, en la plenitud del Amor.

Bienaventurados vosotros…

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