Domingo 24 de febrero 2019 (VII del Tiempo Ordinario) / 1Samuel 26, 2.7-9.12-13.22-23; Salmo 102; 1Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38.

En la imagen, Bonifacio, en su leprosería.

Por JOSÉ LUIS BLEDA / Echando una rápida mirada a nuestro mundo, recordando el último telediario: la última mujer asesinada, el misionero asesinado en Burkina-Faso, la situación en Venezuela, la guerra del Yemen, las familias desahuciadas, los ahogados en el Mediterráneo, los gobiernos que cierran puertos y no dejan a los barcos salir a rescatar inmigrantes… ¿Somos capaces de generar vida? ¿Somos capaces de hacer algo aparte de destruir y de matar?

Matar es fácil, un despiste con el coche, un momento de ira y un golpe mal dado, un empujón, una crítica continuada a la misma persona, humillándola, quitándole su fama y su dignidad; es legal, el aborto, la eutanasia, la ejecución en los países donde hay pena de muerte, incluso con el deseo (¿cuántos de los que se confiesan católicos no votarían a favor de la pena de muerte?). Pero eso ¿nos hace más humanos? ¿Es más hombre el que mata? Precisamente, Pablo, en la segunda lectura que nos presenta la liturgia de la Palabra este fin de semana nos lo deja claro: el hombre espiritual, a imagen de Cristo, no sólo es un ser vivo, animado, sino que se caracteriza porque es capaz de dar vida, de animar. De aquí mi primera pregunta de este domingo: ¿doy vida? ¿Soy capaz de dar vida, de animar a la vida? ¿Nuestra sociedad es capaz de dar vida, de animar? Es curioso, pero es en sociedades avanzadas, en las llamadas de bienestar dónde más suicidios se dan, dónde se aprueba o se lucha para la legalización de la eutanasia, dónde la gente más quiere morirse. Tengo ahora frente a mí la imagen de Bonifacio, cuya foto pongo con esta reflexión, leproso camerunés de La Dibamba, cuarenta años en la leprosería, sin dedos, sin pies, casi ciego, pero se asea y viste él solo, y este verano nos recibía con una gran sonrisa y alabando a Dios porque le visitábamos: él sí da vida.

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Lo primero para dar vida es saber perdonar, renunciar a la venganza, aunque humanamente esta sea justa. Nos lo presenta la historia que nos cuenta la primera lectura. Saúl, el primer rey de Israel persigue por envidia, por celos a David para matarlo, y, es David quién tiene la oportunidad de matar a Saúl, pero no lo hace, respeta la vida de quién quiere matarle, porque es el ungido de Dios. El otro, también el enemigo, es ungido de Dios, y al final quién cumple la voluntad de Dios, quién obtiene el favor de Dios será el que respeta la vida: David. Preguntar a muchos, esto no es muy difícil hoy que tenemos poca cultura bíblica quién fue el primer rey de Israel: seguro que muchos, también de los que vienen a misa, dicen que David, de Saúl no se acuerdan. Lo que hace a David inmortal, el rey por excelencia, es su capacidad de perdonar, que lo asemeja al Dios compasivo y misericordioso que se nos presenta en el salmo.

Lo segundo y tercero para dar vida, es precisamente eso: la capacidad de ser compasivo (padecer con) y misericordioso (responder desde el corazón ante la miseria). Esto: la compasión y la misericordia es lo que nos hace capaces de ser como Dios, de imitarle, de ser otros Cristo, es decir cristianos en el mundo actual, no olvidemos que Dios es Todopoderoso no porque lo puede castigar todo (eso lo intentan hacer los salvadores de la humanidad: Trump, Putin, Maduro…), sino porque lo puede perdonar todo, como Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

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Y, por último, el amor llevado al máximo, como el que nos pide Jesús: amar a nuestros enemigos, amor que nos debe llevar a perdonar, a no juzgar, a no condenar, dar sin medida, sin esperar nada a cambio. Difícil, pero no imposible, no fue imposible para Jesús, y no lo ha sido para tantos que a lo largo de la historia le han seguido y le han imitado entregando sus vidas en medio de quiénes les perseguían. Es el reto que se nos presenta, es a lo que hoy nos invita Jesús, a cambio de imitarle, de ser como Él, de ser felices, y de ser capaces de hacer felices a otros y construir su Reino. Tarea difícil, pero no imposible, para ello solo tenemos que tener una cosa: corazón, como Bonifacio, como Jesús, corazón para amar, para relativizar todo lo demás y dejar que el amor tenga la primera y la última palabra en nuestras vidas.

 

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