Domingo 17 de marzo de 2019 (II de Cuaresma) / Génesis 15, 5-12.17-18; Salmo 26; Filipenses 3, 17 – 4,1; Lucas 9, 28b-36.

Por JOSÉ LUIS BLEDA / Y tras las tentaciones, la Transfiguración. En el relato según Lucas, que es el que se nos presenta este año, unido a las lecturas, especialmente la primera y el salmo, lo que se nos destaca es el juego entre la luz y las tinieblas, juego que nos lleva a la Vigilia Pascual, en la oscuridad de la noche, el triunfo de la Luz. El Cristo transfigurado que nos presenta Lucas es un Cristo luminoso, que resplandece, en medio de un tiempo difícil, de subida, de éxodo (atravesar mar y desierto) que anuncia la Pasión (se iba a consumar en Jerusalén), Lucas es quien nos indica de qué hablaban Moisés y Elías con Jesús en la Transfiguración.

Luz y tinieblas, o tinieblas y luz. La imagen del Génesis es preciosa, y siempre me lleva a recordar o a buscar en estos días ocasión para revivir el poder ver por la noche un cielo estrellado. No podemos contemplar un cielo estrellado si no es en medio de la noche, de las tinieblas. Las tinieblas, la noche, la oscuridad, son imágenes que nos hablan de muerte, miedo, fracaso, frustración, ceguera, dificultad,…, pero, es en medio de las tinieblas donde más destaca la luz, la antorcha ardiendo es cuando más destaca y se ve, es en las dificultades o las tribulaciones, usando un término más bíblico, dónde mejor podemos sentir la presencia de Dios a nuestro lado, que nos acompaña, Dios también actúa de noche, habla en los sueños, se manifiesta cuando todo está bajo el imperio de las tinieblas, y, lo hace ofreciéndonos luz, su luz, ya sea por medio de las estrellas, ya sea por medio de una antorcha, símbolos también de las personas que son luz para nuestras vidas, como Pablo se nos presenta en la carta a los Filipenses.

 

jplenio / Pixabay

La transfiguración no sólo nos muestra la Luz de Jesús, el triunfo final, sino que también nos invita a ser luz, pero luz en camino. Ante la tentación de quedarse con esa experiencia y hacer tres tiendas, tentación propia del que queda deslumbrado y quiere conservar para siempre y para sí ese momento de resplandor, Lucas no duda en decir que Pedro, el tentado, “no sabía lo que decía”, y la voz del cielo, la que procede de la Fuente de Luz, nos indica a todos a Jesús invitándonos a escucharlo, para entrar posteriormente en el silencio. Invitación a escuchar y luego silencio ¿no parece una contradicción? Sin embargo, espiritualmente, no podemos escuchar realmente lo que Dios nos dice si no somos capaces de hacer silencio, silenciar el ruido que nos rodea, que nos impide centrarnos en lo que Dios nos dice, nos está diciendo siempre, ruidos de preocupaciones, afanes, anhelos, deseos, ambiciones, frustraciones,..

Este es también el tiempo de Cuaresma, tiempo de adentrarnos en la oscuridad, de buscar la noche oscura, tiempo de silencio, de silenciar nuestro ritmo, nuestro ambiente… pero buscar la oscuridad para contemplar las estrellas, para en medio del sueño y el cansancio ver la antorcha ardiente que ilumina nuestras  vidas, nuestras ofrendas, nuestras obras; silencio, silencio para escuchar, escuchar no la voz externa, los gritos, las premuras, lo inmediato…, sino la voz interna, la del corazón, la de la eternidad, la voz que nos lleva a no rechazar, sino a abrazar la cruz, para poder llegar, en la Pascua, con Cristo, a gozar de la Resurrección que anuncia esta Transfiguración.

 

 

 

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