Domingo 7 abril 2019 (V de Cuaresma) / Isaías 43, 16-21; Salmo 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11.

Por JOSÉ LUIS BLEDA / Último domingo de Cuaresma, aunque la Cuaresma llegue hasta el Viernes Santo, el próximo domingo ya será el de Ramos, y en este año, la Liturgia de la Palabra nos regala este pasaje del Evangelio de Juan de la mujer sorprendida en adulterio. Un pasaje que me llena de esperanza y de optimismo hacia el futuro, una esperanza y optimismo que manan o nacen de la misericordia y perdón de Dios.

La mujer, como María, en las Escrituras es en numerosas ocasiones imagen de la iglesia, precisamente en este mismo Evangelio, es en el que se recoge la escena de María al pie de la cruz, junto con el discípulo amado, y Jesús le dice: “Mujer, he ahí a tu hijo”… Mujer, esposa de Cristo. Una esposa, que es pillada en adulterio, como muchas veces la Iglesia, o yo, …, que somos pillados en adulterio, pues ¿qué otra cosa es la falta de coherencia entre lo que decimos creer y lo que vivimos? Seguimos a un crucificado, y seguimos crucificando, somos partidarios de la pena de muerte, difamamos, señalamos y marginamos al otro, cierto que en muchas cosas son culpables y responsables,.., pero no es menos cierto que seguimos crucificando; hablamos de pobreza, pero no nos falta de nada, nuestros bienes están garantizados, asegurados, nuestro futuro y bienestar, al menos el mío, están más que asegurados, ¡qué fácil aconsejar y decir que hay que compartir desde la estabilidad económica y con la comida y la cama aseguradas! Es cierto que hacemos mucho, doy fe que la Iglesia, a la que pertenezco, es la que más hace por los necesitados de aquí y de allá, pero ¿lo que hace, lo que hacen otros, justifica el que yo no haga más o que renuncie a todo lo que puedo hacer? ¿Acaso el haber acogido a los rescatados por el Open Arms en Barcelona y Valencia justifica que hoy el Ministerio de Fomento impida que el Open Arms salga al Mediterráneo y siga evitando más muertes? Porque he hecho una cosa bien, ahora puedo mirar hacia otro lado y ser cómplice de nueve cosas mal hechas o dejadas sin hacer, …

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Pero, hoy el Evangelio nos presenta como todos somos cómplices de adulterio: ninguno, empezando por los más mayores, está libre de pecado, de culpa, de responsabilidad, y ¿cuál es la respuesta de Jesús? Tampoco yo te condeno”. Soy culpable, pero el juez no me condena, solo me pide que: “en adelante no peques más”. Perdón que, al aceptarlo me lleva al compromiso, al propósito de no volver a pecar, de no seguir con mis incoherencias, de no seguir mirando hacia otro lado, de no seguir callando, de mojarme, aunque pierda seguridad, aunque sea mal visto y señalado por otros, aunque eso me lleve a la cruz, pues como Pablo nos escribe en los Filipenses, no podemos esperar gozar y participar en la alegría de la Resurrección, sin entrar en la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte. Comunión con Cristo que debería llevarnos a estimarlo todo como basura, comparado con el identificarnos con Cristo y el conocerlo y vivir como Él, optando por quiénes Él optó y dando importancia a lo que Él consideró importante.

Con este perdón, que nos lo ofrece siempre, siempre, hoy y ahora también, mañana también, podemos cambiar de vida, podemos convertirnos, podemos empezar un modo de vida más coherente, que aunque conlleve momentos de dolor, tristeza, sufrimiento, incertidumbre, es el único modo de vida que nos puede llevar a la felicidad plena, al sentirnos realizados, viendo que somos coherentes, experimentando que Él camina con nosotros, o que nosotros caminamos con Él, hace maravillas y grandes signos, las ha hecho y eso debe ser motivo de alegría como el salmo 125 nos invita a cantar.

 

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Y, he dejado para el final la primera lectura, las palabras proféticas de Isaías que resuenan de manera especial tras la entrevista del pasado domingo que la 6 emitió entre Jordi Évole y el Papa Francisco. Imagino al pueblo de Dios caminando por el desierto, pero no lo veo como en las películas de los Diez Mandamientos o de Moisés, sino que veo a mis hermanos inmigrantes de Camerún, Burkina Fasso, Mali… andando por el desierto, sin alimentos, sin agua… Tengo presente el relato de mi hermanos en el presbiterio, Kenneth Iloabuchi, que tuvo que pasar por el desierto, y beber orines para sobrevivir, que vio cómo se ahogaban en el Mediterráneo sus compañeros, cerca ya de la costa española, y él fue rescatado; ante ellos, ante esta marcha de hombres y mujeres desheredados, sin futuro en su tierra de origen, Dios abre su camino en el desierto, abre una senda en las aguas impetuosas,.., son ellos el pueblo de Dios, hoy y ahora… Recuerdo mi primer viaje a París, al terminar los estudios en la Universidad de Murcia, en 1992, me impresionó ver tantos africanos, asiáticos, gente de diversas culturas, una sociedad con muchos colores, barrio latino, barrio griego,…, todos viviendo juntos, construyendo y trabajando en la misma ciudad,…, entonces eso no era tan habitual aquí,…; ahora, gracias a Dios, en Murcia, en Jumilla, puedo andar, saludar a gente que procede de Mali, Senegal, Marruecos, Ecuador, Bolivia,…, y saber que el futuro está en nuestra capacidad de convivir y construir juntos… No mirar atrás, nos dice Dios a través del profeta, mirar hacia delante, hacia el futuro, un futuro que es del pueblo de Dios, un pueblo que no es exclusivo de una raza, mucho menos de la aria, ni de una civilización, mucho menos de la occidental, sino que es algo que se está formando, algo a lo que estoy y estamos llamados a sumarnos, sino queremos verlos pasar y quedarnos en el pasado, en la nada, en el no-pueblo, para construirlo juntos, para hacer posible la civilización del amor, el Reino.

Caminar, sabiendo que Dios nos abre el camino en el desierto, en el mar, caminar junto a los otros pueblos, a los otros que forman, formamos el pueblo de Dios, caminar con alegría, con firmeza, despreciando todo lo que no sea Cristo, lo que no nos lleve a Él, lo que no nos permita construir el Reino que Él anunció y nos mostró, sabiendo que no importa el pasado, solo el futuro, y que el futuro es Él, su Evangelio, su Reino.

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