Domingo 5 de mayo 2019 (III Pascua) / Hechos 5, 27b-32.40b-41; Salmo 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19.

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Por JOSÉ LUIS BLEDA / Ya estamos en mayo, mes de la primavera, de las flores, y, en este primer domingo día de la madre, y en muchas parroquias y muchas familias, como en Algezares, día de primeras comuniones. Belleza, vida, amor, todo nos habla y nos presenta de algún modo al Resucitado y las lecturas que la liturgia nos ofrece en este tercer domingo de Pascua no nos hablan de otra cosa sino de alabanza, cantos, amor.

El Resucitado, el Amado, se nos presenta, se nos aparece, nos llama para que dejemos nuestra tarea, nuestra pesca y vayamos a él, le llevemos a él también nuestra labor, nuestra pesca, aunque él, como madre cariñosa nos tiene preparada ya la comida y lo que espera es que descansemos en él, con él, disfrutemos con él en ese día de playa, y nos habla de amor, y nos pregunta sobre el amor.

Es uno de los relatos de los evangelios que más uso para mi oración personal y que más medito, uno de los que más me gustan, y de aquellos que cada vez que los leo y releo siempre me dicen algo nuevo, siempre me hacen derramar una lágrima, siempre me animan a seguir adelante, a pesar de lo que soy, convencido de que Él me ama, aunque yo solo lo quiera… Aunque los que ya me conocéis esto ya lo habréis leído u oído, permitirme repetirlo. Jesús en su diálogo con Pedro, no pregunta lo mismo las tres veces, sino que hay una escala de más a menos: empieza preguntando sobre el amor máximo: “me amas más que…”, luego baja a “me amas”, para terminar preguntando “me quieres”. No es lo mismo amar que querer, no es lo mismo amar más, amar como Jesús hasta dar la vida, que simplemente amar. ¿Amó a Dios? ¿Hasta dónde? ¿Hasta dónde llega mi amor a Dios? ¿Cómo lo demuestro? Los primeros cristianos lo demostraban compartiendo sus bienes, aceptando la prisión, los golpes, el martirio, saliendo alegres por poder demostrar su amor y fidelidad a Dios, siendo capaces de afirmar que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, por ello, incluso los sábados, se acercaban a los necesitados, los tocaban, les curaban, los integraban a su comunidad…

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¿Amó a Dios más que los cristianos de Siria, Egipto, Indonesia, Sri-Lanka, que se juegan la vida por ir a compartir la fe en su comunidad? ¿lo amó más que aquellos que han dejado su tierra, su cultura, el bienestar, por compartir vida y peligros en lugares del mundo dónde la vida es muy difícil? Solo, como Pedro, puedo decir que lo quiero. Pero ¿lo amo? Es fácil decir que amo a Dios, como no se ve, pero si ese amor lo tengo que demostrar cumpliendo los mandamientos, siendo justo con todos, viendo en el otro a mi hermano… ¿Lo amo? ¿Lo amo cuando pienso que en España no cabemos todos, que no es mi responsabilidad que unos cuántos mueran en el Mediterráneo, que otros estén hacinados en campos de concentración esperando, esperando nada…? O solo, como Pedro, puedo volver a decir que lo quiero. Y por tercera vez pregunta Jesús, pero ahora se conforma con preguntar si lo quiero, entonces viene la tristeza y la lágrima, no tanto por recordar las veces que en mi vida he negado a Dios, sino por ver su amor que desciende, que se pone a mi nivel, que ya no me exige nada, se conforma con que lo quiera, con un cariño interesado, de misa dominical, un pequeño compromiso semanal, no ser malos con los míos y poco más, pero ¿es justo que me conforme con quererlo? ¿Me puede hacer verdaderamente feliz el solo quererlo? ¿No tendré que mojarme más, complicarme más la vida y ser capaz de amarle, de amarle más?

Él, a cada respuesta, me ha confiado lo suyo, lo que más quiere, ¿qué más puede querer un pastor que a su rebaño, sus ovejas, sus corderos? Pues Él, el Buen Pastor, me confía cada vez que le digo que le quiero a sus ovejas, sus corderos, su rebaño, me confía lo que es suyo, lo que más quiere, es una manera de decirme que sigue contando conmigo, aunque todavía no le ame y solo lo quiera, que Él si me ama y por eso se fía de mí, y no sólo se fía sino que me confía lo que es suyo, lo que le pertenece, su rebaño, sus ovejas, sus corderos,…, los demás, mis hermanos. Esto, al mismo tiempo, es el camino que puede ayudarme a pasar del cariño al amor, del querer al amar, si respondo a lo que Él me confía, si lo cuido, apaciento, pastoreo, iré poco a poco, pasando del querer al amar, para poder llegar a un amor pleno, semejante al suyo.

El tiempo de Pascua es tiempo de alabanza, de cantar a la Vida, a la Resurrección, como nos muestra el himno del Apocalipsis que proclamamos como segunda lectura, como se hace en el salmo, como podemos hacer con la vida cuando la ponemos al servicio de los hermanos, al cuidado de la creación, de las ovejas, de los corderos,… Es este el tiempo oportuno de reflexionar sobre mi amor a Dios, al Resucitado, y de crecer en ese amor, de pasar del querer al amar.

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