Domingo 9 de junio 2019 (Pentecostés) / Hechos 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12,3b-7.12-13; Jn 20, 19-23.

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Por JOSÉ LUIS BLEDA / Llegó el final de la Pascua, llegó Pentecostés, y la Liturgia de la Palabra de la Pascua nos deja claro el vínculo entre el Resucitado y el Espíritu, entre la Pascua y Pentecostés, señal de ello el Evangelio que se proclama, que también se proclama en las celebraciones de la tarde del domingo de Pascua, y en el que Jesús Resucitado, en su primera aparición a los apóstoles ya les entrega el Espíritu y con ese Espíritu les entrega la Paz, la Alegría y el Poder de perdonar.

A este Evangelio le acompaña como primera lectura el relato de lo que sucedió en Pentecostés en el inicio del capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles, donde se insiste en la Universalidad de los frutos de la Resurrección al tiempo que se nos indica la misión de la Iglesia, de los discípulos de Jesús, de quienes le creen Resucitado, que no es otra que la de salir al encuentro de todos para anunciar a todos la Resurrección, el triunfo de la Vida, del Bien y del Amor, sin excluir a nadie, por eso todos les entienden, aunque no hablen la misma lengua. La misma línea sigue la segunda lectura, en la que Pablo nos recuerda que si somos creyentes no es porque seamos mejores que los que no lo son, sino porque por Gracia, por obra del Espíritu Santo podemos decir que Jesús es el Señor, y ello no nos hace mejores, ni superiores, solamente testigos, lo que implica que debamos ir al encuentro de los otros, sin distinción de clases ni de géneros, da igual que sean príncipes que esclavos, de una nación o de otra, hombres o mujeres, a todos hemos de anunciarles la alegría de la salvación, compartirla con ellos y darles, con nuestro modo de vida, testimonio de lo que creemos.

Para eso nos da Jesús su Espíritu, nos da el Espíritu Santo, y sus frutos podemos resumirlos en tres características, que debemos entender bien: Paz, Alegría, Perdón.

Paz, no es que ya no vivamos en medio de conflictos y no tengamos ningún problema, sino que recibimos la fuerza para vivir los conflictos y problemas con paz, con serenidad, una paz que nace de dentro y sale afuera, una paz que ayuda a resolver conflictos, a buscar soluciones a los problemas, la paz que procede a la experiencia de saber que Jesús, vivo y resucitado está conmigo, su Espíritu está conmigo.

Alegría. Hace unos días hablando con un amigo, sobre otro amigo, afirmaba que cuando lo conoció era alegre, bromista, se podía contar con él casi para todo,…; ahora, es más religioso, no sale, siempre está serio, parece triste y amargado (un cristiano con cara de vinagre). ¿Quién es más religioso? ¿Cuándo era más religioso? Si hacemos caso al Espíritu, al relato del Evangelio, la alegría va unida a la experiencia del Resucitado, a la experiencia de la presencia real de Cristo en la vida, en el mundo. Quedarse en la Pasión, en un Cristo Crucificado y muerto, en el Mal del mundo, en el fondo es no creer, no creer en el triunfo de Cristo, no creer en su Resurrección, no creer que Él nos ha redimido y ya estamos salvados, es terminar la Semana Santa en el Viernes, es terminar los Evangelios en la Pasión, es hacer inútil la Pasión y Cruz de Jesús, pues acaban en la muerte, y desde la muerte no pueden redimir, no sirven para nada. En cambio la alegría y la sonrisa, sobre todo cuando se viven en medio de tormentas, dificultades, problemas,…, son signos de esperanza, de fe en un Cristo que ha vencido y que nos hace partícipes de su victoria.

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Perdón. Jesús pasó por el mundo haciendo el bien, pasó por el mundo perdonando. En los Evangelios cuando cura o sana a alguien siempre lo une al perdón: tus pecados son perdonados, anda y no peques más,… Jesús pasó por el mundo perdonando, por eso fue un gran sanador. Y, ese poder de perdonar, lo confía junto con su Espíritu a sus discípulos a nosotros. Esto me ha hecho pararme a pensar más de una vez si a lo mejor mi mundo, mi ambiente, mi alrededor, no está mejor, no marcha mejor, y parece que todo va mal, es posible que sea por no ejercer mi capacidad o poder de perdonar, por ver siempre el lado negativo, lo mal que van las cosas, lo mal que se hacen las cosas, por exigir esto y lo otro, por ir culpando a este y a ese otro de que las cosas no salen, no avanzan, en vez de perdonar, de sonreír, de seguir, de arrimar el hombro, de comprender, de invitar a volver a hacerlo, a intentarlo de nuevo,…

Hoy somos nosotros, tú y yo, los discípulos que recibimos, que renovamos la recepción del Espíritu ¿Lo hemos recibido? ¿Lo demostramos con nuestra Paz, Alegría y Perdón?

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