OTRO MUNDO ES NECESARIO / Un nuevo artículo de Joaquín Sánchez

Por JOAQUÍN SÁNCHEZ / Cuando a una persona se le llama antisistema, es porque se considera que no cree en el sistema democrático y tiene comportamientos de un nivel bajo de violencia, que normalmente se tra­duce en quemar algún contenedor o romper algún escaparate más los des­ahogos verbales, pero esto lo suelen ex­tender también a toda persona o colectivo que protestan contra las deci­siones y actuaciones de los diversos Go­biernos y organismos oficiales, que actúan a su vez al dictado de los que po­seen los grandes capitales, tanto a nivel personal como a través de corporaciones financieras o lobby (grupo de presión). Cuando decimos «no nos representan» o «quere­mos una democra­cia real ya» nos tachan de antisistema que no cree­mos en la democracia; por tanto, somos una especie de fascistas peculiares y va­riopintos.

Nada más lejos de la realidad, como siempre. Porque, de nuevo, han irrum­pido los verdaderos antisistema, los que no creen en la democracia y la utilizan para imponer su regla de oro: toda la ri­queza para los que tienen grandes fortu­nas; para el resto de la humanidad, migajas (pobreza, miseria, explotación y opresión). La Carta de las Naciones Uni­das dice: «Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas (…) a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana (…) a crear condiciones bajo las cuales pueda mantenerse la justicia (…) a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad (…) y a emplear un mecanismo internacional para promover el progreso económico y social de todos los pueblos, hemos decidido aunar nues­tros esfuerzos para realizar nuestros de­signios». Dice al artículo primero de la Declaración de los Derechos Humanos: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dota­dos como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Y, por último, nues­tra Constitución dice en su artículo 1, punto 1: «España se constituye en un Es­tado social y democrático, que propugna como valores superiores de su ordena­miento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». El mismo artículo, punto 2, dice: «La sobe­ranía nacional reside en el pueblo espa­ñol, del que emanan los poderes del Es­tado». La Carta de Naciones Unidas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Constitución española ponen el énfasis en los pueblos, en la li­bertad, en la justicia, en la fraternidad, en la igualdad, en la dignidad, en la plurali­dad…

Este énfasis es compartido por todos los movimientos y personas a las que se nos tacha de antisistema, pero la realidad es que los que son antisistema son los mercados financieros, nuestros Gobiernos, la Comisión Europea, los bancos centrales, las entidades financie­ras, los inversores, porque no creen en la democracia, ni en la libertad de las per­sonas; creen en la libertad del dinero: No creen en la justicia, creen en la inmuni­dad y en la impunidad como lo estamos viviendo en el caso de Bankia, aunque hay infinidad de casos; no creen en la pluralidad, para ellos sólo existe el capi­talismo salvaje.

Ellos no queman contenedores, pero queman vidas humanas en aras de su avaricia, millones de vidas humanas. No olvidemos que cada día muere más gente de hambre en el mundo; destruyen la dignidad y nos condenan a la pobreza. Es duro oír a una madre cuando dice que tiene que echar agua a la leche porque tiene que alargar el cartón, porque sólo puede comprarlo cada cinco días. No rompen escaparates, pero rompen la vida cuando destruyen el empleo para tener a la clase  obrera sometida. Impo­nen medidas, que ellos llaman de ajuste y control del déficit, para amedrentar a la población con el miedo, aumentando el ritmo de dichas medidas para que los ciudadanos quedemos desbordamos y paralizados, sin capacidad de respuesta inmediata. Cuando vamos a reaccionar ya han aprobado más decretos que causan una violencia tremenda. Desde la Unión Europea, que en la actualidad re­presenta los intereses creados de los ban­cos, sobre todo alemanes, dicen a los Gobiernos lo que tienen que hacer y lo que no pueden hacer. Nos dicen que po­demos elegir a un partido u otro, pero las medidas que tienen que aprobar y apli­car ya están decididas. ¿Eso es la demo­cracia?  Son antisistema, no creen en los pueblos; para ellos sólo existe la sobera­nía financiera. El pueblo es algo que hay que controlar y someter con las leyes y las fuerzas de seguridad, de la seguridad de su ambición.

Somos antisistema, en efecto, porque no creemos en el suyo, en la dictadura de los mercaderes. Somos antisistema por­que creemos en el pueblo, no en los gru­pos de presión; creemos en la democracia, pero en la democracia real. Somos antisistema si el máximo benefi­cio económico justifica la muerte de mi­llones de personas por hambre y enfermedades curables. Somos antisis­tema porque los Gobiernos cuando lle­gan al poder no representan la voluntad popular, sino la voluntad de esa élite eco­nómica y social. Cuando llegan al poder utilizan la mentira, la manipulación y la coacción para imponer lo contrario que dijeron en las elecciones. Somos antisistema de ese sistema que cuando un pobre roba para comer se le mete en la cárcel y cuando un enriquecido roba y estafa se le indemniza con millones de euros y se tapa el agujero que ha hecho, aprovechan para desmantelar los servi­cios sociales, la educación y la sanidad.

Pero los antisistema contra los dere­chos humanos y la Constitución son los financieros y sus políticos cómplices. Nosotros sí creemos en la libertad, en la justicia y en los pueblos.

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