Fuente de la imagen: capitalismoavasallador.blogspot.com

Por JOAQUÍN SÁNCHEZ SÁNCHEZ / Siempre hemos pensado que el sistema capitalista es sólo un sistema económico, con derivaciones sociales, que se basa en la desregulación de la actividad económica, porque el Estado por sí mismo es un mal endémico cuando establece leyes económicas para equilibrar la iniciativa privada y el cumplimiento de normativas que pretenden evitar el delito.

Parto de la siguiente afirmación: el capitalismo es ante todo una antropología, una manera de entender los aspectos biológicos de la persona y sus comportamientos en una sociedad como miembro de la misma. Y, esta antropología se fundamenta en la ambición, el poder, el dinero y el éxito. Todo esto configura un pensamiento, un sentimiento, que articula las relaciones humanas desde la competitividad, que genera lucha, que genera triunfadores y perdedores, verdugos y víctimas, pobres y ricos. No es de extrañar que la LOMCE (Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa) tenga como objetivo hacer personas competitivas, es decir, personas que luchen entre sí, que consideren al otro enemigo al cual hay que derrotar. El ministro Wert defiende  el darwinismo social. Quien gana recibe como premio el poder y el lujo, quien pierde está condenado a la pobreza y a la marginación. Siempre hemos entendido que la educación debería hacer personas competentes, no competitivos.

Desde pequeños nos habían enseñado que el otro es nuestro hermano, nuestro amigo, que cuando surge algún problema está el diálogo y el perdón y que cuando necesita ayuda porque la vida no le ha ido bien, hay que echarle una mano para sacarle del pozo y que pueda vivir bien. La antropología capitalista considera al otro una amenaza, un enemigo que hay que vigilar, con la premisa de que para que yo vaya bien, tengo que hundir al otro. El otro no es alguien, es algo que tengo que utilizar, tirar o hundir.

Desde esta antropología se establece una ética, unos valores como son la avaricia, la mentira, la fuerza y la crueldad, entendiendo que esto permite riquezas, lo cual es el objetivo de esta vida. Esta crueldad para poder ejercerla necesita impunidad e inmunidad, de ahí que necesite desregularizar la economía en general y el sistema financiero en particular, para que el pez grande se coma al chico, sin más problema. El triunfo en lo económico avala cualquier comportamiento. ¿Alguien se imagina que ante los accidentes de tráfico se propusiera desregularizar el tráfico, que se quitaran leyes, semáforos, señales…con el argumento que si existe libertad en la conducción no habría accidentes? Si alguien propusiera esto, le caería encima un aluvión de críticas por el disparate que supone. ¿Por qué cuando alguien propone esto en la economía no le llueven las críticas? La respuesta es sencilla, porque han logrado que aceptemos esta realidad como un dogma incuestionable, que adquiere toda su fuerza simbólica cuando decimos que ya no hay derechas ni izquierdas o que no importa lo público o lo privado con tal que se atienda o en su defecto que esto es así y no se puede cambiar. El derrotismo, la resignación, la sumisión y la aceptación hacen que esta antropología de carácter neoliberal se imponga en nuestra sociedad. Mayor cinismo lo encontramos en aquellos que ganan unas elecciones, y por tanto forman parte del estado, y siendo gobierno atacan al propio estado que ellos han prometido defender. ¿Si no creen en el estado por qué se presentan a las elecciones? ¿No será que quieren acceder a puestos de poder dentro del estado para desmontarlo o controlarlo?

Todo esto conlleva un debilitamiento de nuestra democracia, del control de los mecanismos económicos para beneficiar a los que acumulan inmensas fortunas y riquezas, desmantelando el estado del bienestar. El pensamiento único y el sentimiento único dotan de contenido al ser humano. Desde esta antropología, la sociedad se divide  dominadores (1% de la población) y los dominados (99 por ciento de la población). Su máxima moral sería con tal de conseguir el mayor beneficio y mantener el poder todo vale y a todo se le pone un precio. Se compra todo y a todos: políticos, religiosos, economistas, militares, periodistas, etc. La dignidad humana no cotiza en bolsa. Los Derechos Humanos son una amenaza para el capitalismo, las personas, según su cosmovisión, no son iguales ni están dotadas de derechos, sólo los triunfadores, los que poseen las riquezas.

Hay una antropología alternativa que se basa en el respeto profundo y sin condicionamiento de cualquier vida, sin excusa, sin retraso. Una antropología fundamentada y anclada en los Derechos Humanos. Es una cosmovisión donde lo humano adquiere un valor de tal manera, que preservar la vida humana debe ser el objetivo de toda decisión política y económica y una vida humana enraizada en el ecosistema.

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