Por BERNARDO PÉREZ ANDREO / Los Hechos de los Apóstoles relatan cómo aquellos hombres que habían seguido a Jesús, cuando fueron intimados para que dejaran de hablar de lo que habían visto y vivido con Jesús, respondieron: “no podemos dejar de hablar de lo que vimos y oímos” (Hech 4, 20). Los cristianos, entonces y hoy, no podemos dejar de hablar de lo que vemos y oímos con Jesús, de Jesús, por Jesús. Eso nos tiene que poner en guardia y no ceder ante la amenaza, la injuria o la descalificación. Yo he visto y he vivido que con Jesús es posible el amor y la paz, que en Jesús se encuentra la justicia y la misericordia, que por Jesús los hombres somos capaces del compromiso hasta la muerte. Y esto es lo que me empuja a clarificar ante los hombres, mis hermanos, mis posiciones respecto a cómo se ha de organizar la sociedad.

En ningún caso pretendo poseer la verdad, bien sé, con Benedicto XVI (Ecclesia in Medio Oriente 27) que la verdad es un proceso de encuentro con el otro, con los otros, que es un don que hemos de poner en práctica todos juntos y que eso es lo que nos llevará, por el camino del Evangelio, a la salvación. Dios, amor erótico, filial y agápico, nos empuja a buscar el Reino y su justicia y dejarlo todo por él, pues en el Reino todos somos hijos y por tanto hermanos. La búsqueda del Reino es lo que nos hace a todos los hombres ser hijos, pues el Hijo no vino a ser servido, sino a servir, y en el servicio está la médula esencial del proceso encarnatorio divino. Servir, Amar y Construir el Reino son los fundamentos de la filiación adoptiva por la que somos hijos en el Hijo que dio su vida en la cruz del imperio romano para la salvación de los hombres, crucificados hoy por el Imperio Global Posmoderno. Así lo vivo, con total honradez, sin juzgar a otros, comprometiéndome con ello hasta el extremo y buscando que la Iglesia, comunidad de los que siguen a Jesús en el Camino de la cruz contra todas las cruces, ponga el Reino de Dios y su justicia como centro absoluto de su acción. Por eso, no puedo callar, ¡ay de mí si lo hiciera!, ante el camino hacia el abismo que ha tomado este mundo amado de Dios, este país al que amo profundamente, esta humanidad que gime con dolores sin saber si son de parto o los estertores de la muerte.

En otro tiempo, cuando los estados vaticanos corrían el peligro de desaparecer a manos de Napoleón, Pío VII manifestó su total oposición mediante una famosa frase que se ha hecho célebre: “non debemus, non possumus, non volumus”, “no debemos, no podemos, no queremos”. Hoy, ante el avance de la destrucción de lo humano que vivimos en este mundo, pero especialmente en lo que afecta a nuestro país, lacerado por las políticas neoliberales y por el capitalismo puro y duro, manifiesto que no debo, no puedo y no quiero ser cómplice de esta destrucción y que haré cuanto esté en mi mano para evitarla, mover a otros a evitarla e incitar a que tantos como sea posible se comprometan en evitarla. No debo permitir que el silencio cómplice ayude a que los que poseen las riquezas, esos que no pueden entrar en el Reino, sigan amasando fortunas mientras mis hermanos son expulsados de sus casas, contratados como esclavos o expulsados de la sociedad; no puedo consentir que el trabajo de todos sea amasado como capital para goce y disfrute de unos pocos que controlan el poder financiero, el político, el judicial y el mediático, mientras los niños de mi país, mis hijos al fin, no tienen los medios necesarios para alcanzar la alegría del Evangelio: la educación plena, el disfrute de los bienes que le son debidos, la compañía y presencia de sus padres y la consideración y amor de todos; no quiero, no me da la gana, callarme mientras laminan los derechos humanos que están reconocidos por acuerdos internacionales y cuya base no es otra que el mismo Evangelio que guía a la Iglesia.

No, no me da la gana callarme y comulgar con ruedas de molino. Si aquellos que tienen el enorme deber de ser voz de los sin voz, callan; si los que debieran predicar el Evangelio, callan; si los enviados para vendar los corazones desgarrados, callan; si los que tienen la misión de anunciar el Evangelio a los pobres y oprimidos, callan, entonces, las piedras gritarán el Evangelio, los montes proclamarán la Buena Noticia de que Dios ama a los empobrecidos, a los humillados y ofendidos, a los profanados en su humildad. Sí, porque vendrán de oriente y occidente a proclamar lo que nosotros hemos callado: que Dios se compromete con la opresión de su pueblo y quiere su liberación, que nuestra salvación es el compromiso comunitario, que de nada sirven plenilunios, rezos, ritos y liturgias, si no hay misericordia y corazón amante.

Por eso mismo, porque me duele este mundo que camina hacia el abismo, porque amo a este mundo creado por Dios, me comprometo con aquello que veo como última oportunidad: un movimiento que genere la esperanza de que es posible construir un mundo donde los hombres sean tratados como tales, no como mercancía, la naturaleza sea respetada como hermana nuestra en esta vida y compañera para las generaciones, la sociedad no sea un agregado de dientes y garras ensangrentadas. Puedo equivocarme, seguro, pero no más que quienes apuestan por las opciones políticas que nos han traído hasta esto y siguen profundizando. ¿Acaso aciertan quienes apoyan al PP o al PSOE, cuyas políticas han destruido la autonomía económica de España y nos han puesto de rodillas ante los interesas bastardos del poder financiero global? ¿O aciertan más que yo quienes dan su confianza a políticos corruptos que han convertido nuestro país en un casino financiero y un burdel turístico? ¿Son esas opciones más válidas porque digan y digan, pero no cumplen nada de lo que dicen? ¿Defiende más la vida quien se preocupa por el no nacido y no lo hace por los nacidos a los que se echa de su casa, útero externo donde se hace la familia? No lo creo, y si me equivoco asumiré las consecuencias, como persona adulta y responsable. Pido que los otros, los que siguen apoyando las políticas criminales, hagan lo mismo y se corresponsabilicen de sus actos.