1416043244756rajoy-galc4Por JUAN GARCÍA CASELLES / Rajoy, en su discurso del 20-N (día en el que casi nadie se acuerda que fue en el que murió el dictador), ha asegurado que España es hoy un país respetado en el mundo, “con una gran capacidad de superación que empieza a recoger los frutos de una siembra bien hecha”. “Por eso —ha enfatizado— no debemos dejar que el fatalismo infecundo, el pesimismo interesado o el enfado permanente que instigan algunos tiren por la borda unos logros que son excepcionales y que pertenecen en exclusiva al patrimonio común de todos los españoles” (De “El País”).

Lo primero, está claro que nuestro presidente no tiene abuela, ni la necesita, porque para darse bombo él solo se basta y aún se sobra.

Y lo segundo, ¿es verdad tanta belleza?

Veamos. En sus tres primeros años de mandato los índices económicos empiezan a marchar bien, lo que significa exactamente que la economía de los capitalistas marcha bien, porque los índices económicos de la economía capitalista no miden si al conjunto de las personas que forman la sociedad les va bien o no, sino solamente si les va bien a los capitalistas, a la burguesía, que son los que controlan los organismos clave del capitalismo. Y debe ser verdad que los índices económicos mejoran, porque en estos pocos años el número de millonarios ha crecido en España de modo notable y esos millonarios son, además, más millonarios que nunca.

Todo esto, ¿a costa de qué y de quién? Pues bien, lo sabemos todos, a costa de los recortes en todos los terrenos, recortes que han recaído sobre los sectores más débiles, más indefensos de nuestra sociedad.

De este modo, lo que se ha conseguido no ha sido la defensa del euro, que nos vendía Zapatero, ni el evitar que nos intervinieran, que cacareaba Rajoy y que ya vimos en qué quedó, sino el refuerzo del poder de la burguesía sobre el conjunto de los trabajadores, de lo que ha sido el mejor exponente la famosa reforma laboral, que ha dejado a los currantes a los pies de los explotadores, cosa que reconocen incluso los de la patronal, así como un traspaso de riqueza desde el conjunto de los trabajadores hacia los más ricos y poderosos.

Por eso es evidente que esta mejoría patrimonial de los más ricos se ha producido por el hambre de los más pobres, por la educación peor, por la sanidad insuficiente, por el mayor coste de las medicinas, por la disminución de las pensiones,
por el mal funcionamiento de las ayudas a la dependencia, por las listas de espera en los hospitales y las aglomeraciones en las urgencias, por el abandono de la ayuda al tercer mundo, por la destrucción de la investigación, por la desprotección progresiva de las mujeres maltratadas, por la alimentación deficiente de los niños, por la peor
alimentación y la explotación despiadada de los presos, por el aumento del paro, por las privatizaciones sin cuento, por el incremento de los hogares sin ingreso conocido, etc. etc.

Es decir, el triunfo y la gloria de los que alardea nuestro presidente, al que aplauden todos los representantes de la riqueza y el poder, se han obtenido a costa del daño a los más débiles.

Y es que cuando los intereses económicos (o sea, el egoísmo) se ponen por encima de las normas morales (del amor y de la solidaridad como fuentes mismas del crecimiento de la humanidad), o, por mejor decir, cuando la norma moral debe ceder ante los intereses económicos de los poderosos, lo que se pone de manifiesto es aquello tan viejo de Heleno Saña que decía que el capitalismo es la moderna encarnación del mal.

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