Imagen tomada en www.religionenlibertad.com

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Por JUAN GARCÍA CASELLES / Dijo la señora Cospedal, creo que anteayer, que “la corrupción es cosa de todos”, lo que viene a significar es que tanto vosotros como yo estamos corrompidos y los pobres del PP no son más que una víctima circunstancial de un mal generalizado que a todos nos corroe. Y lo dijo precisamente el mismo día en que un juez de Valencia, Ceres, procesaba a un montón de altos cargos del PP y a diez empresarios. Quizá sea necesario recordar a la insigne autora del “finiquito en diferido” (cosa nunca antes vista ni oída) que ya hace tiempo Lord Acton pronunció su famoso dictum, que su redacción original decía: “Power tends to corrupt, and absolute power corrupts
absolutely.” 

La frase puede ser traducida de diversas formas: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. O más exactamente: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.”

Es que la corrupción está íntimamente ligada al poder y no hay corrupción si el  poder no anda por el medio. De lo que se deducen dos cosas: una, que la gente de a pie no puede corromperse precisamente porque no tiene poder, o sea, que no todos estamos corruptos, y otra, que cuanto más poder tienes (caso del PP) más fácil es que te corrompas. Cosas ambas que no necesitan de mayor demostración, basta con tener ojos y oídos.

Y, sin embargo… Sin embargo, esta sociedad, en su globalidad, está profundamente marcada por el sistema económico que permite que se compren, no solo cosas, sino también a las personas. No me refiero solo a la prostitución, que
también, sino al conjunto de mecanismos sociales que permiten la compra (o el alquiler) en todo o en parte de las personas.

En una sociedad capitalista no solo se compra el trabajo, porque con el trabajo se compra la sumisión, el silencio, el miedo, la complicidad, la obediencia ciega, etc., de forma que las relaciones laborales no son solo un mero acto mercantil de cambiar un esfuerzo (trabajo propiamente dicho) por el salario, sino que con el salario se compran también una serie de actitudes y comportamientos que transforman lo mercantil en laboral.

Esta relación clave del capitalismo marca de modo indeleble al resto de la sociedad. De una parte. los ricos y poderosos, acostumbrados a imponer su voluntad con razón o sin ella, abusan normalmente de su poder comprando con dinero o con privilegios a cuanto subordinado se pone a su alcance sin que los políticos, a pesar de su aparente poder, puedan escapar al principio social de que “toda persona tiene un precio”. Y de otra parte (con las debidas pero escasas excepciones), la inmensa mayoría de la población, ansiosa de poder y sobre todo de dinero (porque admiran a
los ricos y a los triunfadores y creen ciegamente que ahí está la felicidad), vive en el servilismo sin paliativos, dispuesta a venderse al mejor postor.

Y así nuestra sociedad capitalista, ebria de riqueza, drogada por el euro o el dólar, ha terminado (como expresó Quevedo) humillada ante el poderoso caballero, Don Dinero. No asustarse, porque, al fin y al cabo, esto es capitalismo, en el que vivimos como pez en el agua.

Así, que mira por donde, la casi siempre errada Cospedal, esta vez quizá tenía bastante razón.

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