Por JUAN GARCÍA CASELLES / No es que los catalanes tengan un dilema, que sí que lo tienen y allá ellos con sus propios líos, sino que el que tiene el dilema con relación a Cataluña, soy yo. Es que, impactado como estaba por la seguridad con que Mas y el Junqueras hablaban de la independencia y el derecho de autodeterminación y la voluntad mayoritaria de los catalanes por tener un estado propio, tenía yo por cierto que un setenta o un ochenta por ciento de catalanes estaban decididos a independizarse, lo que me llevó, ignorante de mí, a declararme partidario de su independencia, porque, decía yo (y sigo pensándolo) que no quiero vivir con quien no quiere vivir conmigo. Y eso que soy contrario al debilitamiento de los estados, cada vez más inermes ante el poderío despampanante del capital.

Bien es verdad que el discurso oficial de los independentistas es que quieren escapar de las garras de Madrid y del PP (como si a los demás no nos pasara lo mismo), pero la realidad (o, al menos, la realidad tal como la percibimos los más al sur del Ebro) es que tenemos la impresión de que los catalanes independentistas no quieren compartir su riqueza con los pobretes del resto de España y que todo el lío de las balanzas fiscales y lo de “Espanya ens roba” no son más que excusas de mal pagador, ya que si Cataluña aporta al erario público mas que otras comunidades no es porque a los catalanes se les castigue con impuestos inicuos, sino, simplemente, porque son más ricos. Con eso y todo, me parece a mí que a lo que sí tienen derecho es a un concierto como el vasco, que son tan hijos de dios como los de Euzkadi.

Pero eso sigue sin ser mi problema. Porque en el rifirrafe que se traen el Mas y el Rajoy (que hay que ver lo parecidos que son, ambos nacionalistas, aunque de distinta nación, ambos de derechas, los dos partidarios del capital y los recortes, los dos de la misma internacional, los dos rodeados de corrupción hasta la náusea, los dos presumiendo de democracia y los dos expertos en tauromaquia, si bien en su charlotada particular, el uno hace de bombero torero, ágil en el quiebro y el regate, y el otro de Don Tancredo, inmóvil como cualquier estatua de jardín), sucedió, digo, que por el triste designio de mis hados o como justo castigo a mis continuos devaneos con mis pasiones, Mas se inventó aquello de las elecciones plebiscitarias, que hay que ver qué invento más follonero, de lo que vino a resultar que ganaron los buenos en contra de los malos, y era igual desde el bando que se miraran las cosas, por lo que todos quedaron tan contentos.

En cambio, a mi me dejaron con el trasero al aire, porque quedó claro que la mitad, más o menos, de los catalanes está dispuesta a seguir viviendo conmigo, por lo que estoy hecho un lío y no sé a qué carta quedarme.

Así que en este sinvivir en que me encuentro quiero dirigir un ruego a mis en general admirados catalanes (que ya me enseñó mi padre aquello tan elogioso de que el catalán de las piedras saca pan), que tienen la suerte de vivir en un rincón de península hermoso donde los haya, de disfrutar de una sociedad moderna y de una gloriosa cultura, para que de una vez por todas se pongan de acuerdo entre ellos mismos. Y, de paso, a ver si estos nuevos protagonistas de la cosa pública son capaces de inventar algo para que si uno se quiere marchar de casa, pueda hacerlo previo cumplimiento de los requisitos y métodos que se estimen oportunos y necesarios y que la cosa de la independencia, se gane o se pierda, solo pueda repetirse cada veinte años o cosa así, que de este modo podré morirme tranquilo sin echar pestes de unos y otros.

Lo malo es que tengo por cierto que no me harán caso. y es que me tienen hasta allí, justo en lo que tú piensas.

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