Domingo 22 de diciembre 2019 (IV de Adviento) / Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24.

Por JOSÉ LUIS BLEDA | Todavía escribo estas líneas en España, las colgaré en mi muro del Facebook ya en Honduras, espero poder hacerlo, pero aunque pueda introducir alguna modificación aún se puede decir que esta reflexión es todavía de España. Ya la Navidad está cerca, y, siguiendo el Evangelio de Mateo, que nos relata la infancia de Jesús desde la visión de José, así como Lucas la presenta desde María, el protagonista de la Liturgia de la Palabra es en este domingo José, con el relato de su sueño.

Lo primero que afirma el Evangelio es que José era un hombre justo, y luego nos lo sitúa en un dilema: la Ley decía que se debía denunciar a la mujer adúltera, María, desposada con él estaba embarazada y él sabía que el hijo no era suyo,…, pero él amaba a María y denunciarla sería condenarla a muerte…. Para el hombre de Dios, para el cumplidor de la Antigua Alianza, para Mateo, ser justo no es cumplir la Ley, en ese caso  José tenía que haber denunciado a María, sino vivir según la voluntad de Dios, y José sabía que la voluntad de Dios es la vida, no la muerte, es el amor, no la infelicidad, José es el hombre justo, el hombre adecuado para ser el padre, guía y mentor del Hijo de Dios, porque para él vivir la voluntad de Dios estará por encima del cumplimiento de la Ley.

Lo segundo es que nos presenta a un Dios cercano, presente a nosotros, presente en este caso en el sueño. Un Dios que actúa pero sin violentar nuestra libertad, es un Dios que no nos abandona en los momentos difíciles, está en nuestra mente y en nuestro corazón, y, en el sueño nos orienta, nos indica por dónde ir, nos acompaña, a la vez que nos da a nosotros el protagonismo: Él puede inspirarnos un sueño, pero soy yo, somos nosotros, los que decidimos, al levantarnos, vivir o no el sueño que Él nos ha inspirado: José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor,…, José es el hombre que vive su sueño. Este Evangelio, antes de la Navidad, es una invitación a vivir nuestros sueños, a hacerlos realidad, esa es también voluntad de Dios.

Dios se manifiesta en lo pequeño, en el sueño, y, en lo débil, en lo pequeño, en lo tierno,… Esto es lo que nos dice la profecía de Isaías. ¿Cuál es el signo que Dios da al rey? Una virgen encinta que da a luz un hijo. ¿Hay mayor signo de la apuesta de Dios por la vida y por nuestra humanidad que una joven embarazada, que un bebe recién nacido? Cada año batimos, al menos en España, record en demografía negativa, cada vez nacen menos niños,…, pero aún así, podemos ver niños, contemplar un bebe, dejar que nos mire, que nos sonría, que llore… Su debilidad, su indefensión, su ternura,.., ¿no es una manera de llevarnos a contemplar el misterio de la vida? El nacimiento de Jesús que celebraremos en unos días no es otra cosa que el recordarnos que Dios está con nosotros, cuenta con nosotros, nos sigue confiando la vida y la creación, y eso, Dios nos lo vuelve a recordar o repetir en cada nuevo nacimiento. Esta profecía, como toda, no solo anuncia, sino que también denuncia: ¿Ante la vida, ante el bebe, cómo me situó? ¿qué es primero: mis proyectos, mis planes, o, la vida?

Termino con la referencia a la segunda lectura, al inicio de la carta a los romanos. Hoy somos nosotros, cada uno de nosotros que nos disponemos a celebrar la Navidad, los llamados, los elegidos, los escogidos para ser apóstoles. El apóstol no es otra cosa que el enviado para dar una Buena Noticia, para dar ánimos y esperanza, para realizar una misión, cumplir la voluntad del Padre, de Dios. Estamos, estoy llamado a ser Buena Noticia, a darla, a llevar ese mensaje de ilusión, de apuesta por la vida, que hemos recibido y recibido en cada Navidad, y llevarlo a aquellos que no lo conocen, que no lo viven, que viven en circunstancias que les hace muy difícil creer en la vida, creer que Dios sigue confiando y apostando por nosotros, y que un bebe, un recién nacido es la señal, el signo que Dios nos sigue dando de que eso es así.

FELIZ NAVIDAD.

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