Domingo 29 de diciembre de 2019 | Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15.19-23

Por JOSÉ LUIS BLEDA | Tras la celebración de la Navidad, en este domingo, el último del año, celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, se nos invita a poner los ojos no sólo en Jesús, el niño-Dios, sino también en sus padres, José y María, que son quienes hacen posible que el plan salvífico de Dios se realice, llegue a su fin.

En este ciclo litúrgico el Evangelio de Mateo nos centra en la figura de san José, el hombre justo, el hombre de Dios, que sigue haciendo caso a los mensajes de Dios a través de sus sueños. José como refugiado huye a Egipto, para salvar la vida de su hijo, como hoy tantos en Siria, Yemen,.., tratan de huir para salvar la vida de sus hijos, aunque a diferencia de estos, todo nos indica que José, María y Jesús fueron acogidos en Egipto y pudieron vivir en paz hasta que llegó el momento de regresar. Luego, como inmigrante, al regreso, no se establece en su tierra de origen, en el lugar del nacimiento de Jesús, sino que marcha a Galilea, a Nazaret, buscando una mayor seguridad para su hijo. Así, Dios, al hacerse como nosotros no sólo quiso depender de una familia, de un padre y de una madre, sino que quiso que está familia fuese una familia de refugiados y de inmigrantes, quiso vivir su suerte, sus miedos, sus fatigas, sus ilusiones, sus esperanzas, y al vivirlas, darnos paz y darles paz y motivo de esperanza.

En mi viaje para Honduras, en el vuelo de Madrid a San Pedro Sula, los españoles podían contarse con los dedos de una mano, y los otros viajaban con sus parejas hondureñas, algunos también con los hijos, todos los demás eran inmigrantes hondureños que, tras cinco años, como la que iba a mi lado, o diez años, como la de atrás, regresaban a su tierra para pasar las Navidades con sus familias. Yo era el único que dejaba la familia para pasar la Navidad en una tierra nueva, con gente que apenas conocía, exceptuando a Waldina, Pepe y Pablo… El vuelo fue largo, así que entablé conversación con mis compañeras de asiento más cercana, no mucha, pues fue de noche casi todo el vuelo, pero sí lo suficiente para sentir su ilusión por volver a encontrarse con sus padres, y, en algún, caso con los hijos que habían dejado al cuidado de sus padres, para buscar un futuro mejor para ellos, una en concreto volvería a España con su hijo de 9 años, al que llevaba 5 sin ver, pues ya tenía los papeles necesarios para llevarlo legalmente. En Honduras no podían ganar lo que ganaban en España, y, las condiciones de inseguridad y violencia no son las que deseaban para sus hijos, por eso habían emigrado, habían trabajado, habían sufrido tanto, pero ahora con ilusión iban a celebrar, y a continuar, como la Sagrada Familia hizo en Nazaret.

¿Hace falta hacer sufrir a la gente sencilla para creer que nuestras fronteras están seguras? ¿Hace falta una política migratoria inhumana y que causa sufrimiento para protegernos?

Hoy pienso en mi familia, y, me vienen las palabras de la carta a los colosenses: sobrellevaos, perdonaos, y por encima de todo, el amor. Desde ahí dar gracias por unos padres, hermanos, primos,… que me han aguantado, me aguantan en la distancia, me perdonan, pero por encima de todo, me han enseñado y enseñan a vivir en el amor. También al pueblo hondureño que me ha acogido y aceptado en su tierra, en su iglesia, sobre todo viendo las dificultades que les ponen para entrar en España, este mismo año fui testigo como a una joven, que venía con carta de invitación la dejaban retenida en el aeropuerto de Madrid con la amenaza de devolverla, menos mal que los que le invitaron pudieron contactar con la policía y pudo llegar a su destino, visitar a su hermana y luego, al mes, regresar a Honduras. ¿Hace falta hacer sufrir a la gente sencilla para creer que nuestras fronteras están seguras? ¿Hace falta una política migratoria inhumana y que causa sufrimiento para protegernos? ¿Protegernos, defendernos, de qué, de quién? ¿Del refugiado, del inmigrante? ¿De José, María y Jesús? ¿Es posible considerar a la familia como algo sagrado si no vemos al otro como hermano, como parte de nuestra familia? ¿De qué política familiar hablamos cuando se levantan muros, vallas, y no se recogen a los náufragos del Mediterráneo?

La Sagrada Familia, vivirla, hacer que las familias de los refugiados e inmigrantes de hoy sean también sagradas para cada uno de los que besamos la imagen de un niño Jesús, un niño que nos fue ofrecido por José y María, una pareja de refugiados, una pareja migrante.

 

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