Domingo 1 de marzo 2020 (I Cuaresma) | Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11.

Imagen de Nina Garman en Pixabay

Por JOSÉ LUIS  BLEDA | Libertad y responsabilidad, estas dos palabras son las que han quedado resonando en mi corazón tras leer detenidamente las lecturas que la Iglesia nos propone para este domingo, el primero de la Cuaresma, el primero de marzo. Si no fuéramos libres ni responsables, tampoco seríamos pecadores y quizá la introducción al acto penitencial en la Eucaristía tendríamos que hacerla como la hizo un sacerdote amigo polaco. Estando en Bolivia, llegaron unos sacerdotes extranjeros, uno de ellos, polaco estuvo una semana concelebrando conmigo para aprender como presidir la misa en español, a la semana me pidió que le dejará presidir pues ya sabía español, le deje, y cuando introduce el acto penitencial dice: “Perdonemos a Dios por nuestros pecados”.

Pero somos libres, y por tanto responsables. Esa libertad la respiro en el texto de la primera lectura, el ser humano creado con el polvo y el aliento de vida, algo sutil, volátil, libre, y, plantado en medio del jardín, en medio de otra mucha vida, creada para él…. Sin límites, pues el árbol del conocimiento del bien y del mal crece al lado del árbol de la vida, sin cerca, sin valla, sin nada que prohíba al ser humano acercarse y comer, lo único la advertencia de Dios (advertencia no prohibición): si comen de su fruto habrán de morir. Un ser humano, un hombre y una mujer libres, que no son obligados ni prohibidos en nada, pero que deben asumir las consecuencias de su libertad. En su libertad, engañados por la serpiente, que les señala dicho fruto como prohibido, para abrirles más el apetito, para engañarlos haciéndoles creer que para ser como Dios deben conocer el bien y el mal (cuando Dios, sumo bien, no conoce el mal), y el ser humano cae, y sólo él es el responsable de su caída, a él se le dijo la consecuencia, él tomó el fruto y lo comió…. Podría no haberlo hecho.

Este relato me ha recordado la cantidad de noticias estúpidas y absurdas que circulan por las redes sociales: que si no se predica que no ir a misa el domingo es pecado mortal, que si se debe comulgar en la boca y no en la mano, que si de rodillas y no de pie, que si la mujer tiene que ir tapada (un poco menos que las musulmanas, pero tapada), que si los hombres en pantalón corto no deben leer (se ve que no ha sido boy scout…), que si las mujeres no pueden ser monaguillos, que… Estoy mucho más, me hace pensar en la serpiente hablando hoy por las redes al creyente de hoy en día…. Mensajes que reducen la religión a unas normas, ya no es un modo de vida; la religión queda relegada a unas prácticas y a lo personal, se elimina el carácter social y comunitario, nos olvidamos que lo importante es Cristo, y con él, el ser humano, la persona, sus necesidades, su sufrimiento, su dignidad, su carencias, y, así nos escandalizamos que alguien entre en pantalón corto a la iglesia pero no nos escandaliza los niños que mueren de hambre, ni las víctimas de las guerras de Siria, Yemen.., ni el drama de los refugiados e inmigrantes en Lesbos, Ritsona, Turquía… Nos escandaliza la desnudez del otro, y procuramos tapar la nuestra, con normas, excusas, liturgias, inciensos, y nos olvidamos de que el primer hombre, Adán, antes de pecar estaba desnudo, y, el segundo, Cristo, cuando nos redime en la cruz, lo hace desnudo. La libertad no necesita de disfraces ni de ropas, ni de prohibiciones ni de normas, necesita de la verdad, la coherencia, el mirar de frente y el saber ver y valorar la vida, lo que nos rodea. La Cuaresma puede ser un buen momento para crecer en libertad, para quitarnos máscaras y disfraces, para ver como Sagrado, al otro, al ser humano, sobre todo al que sufre, en el que Jesucristo se hace presente.

El cristiano es todavía más libre, pues es libre para elegir entre Adán y Cristo, entre la posesión y la entrega, el pecado y la vida. Somos cada uno de nosotros libres y responsables para elegir como queremos construir nuestras vidas, si queremos como Adán, buscar el ser como Dios, para ser todavía más, conocer más, poseer más, y todo ello sin pensar en las consecuencias y en los que pueden quedar en la cuneta; o, si como Cristo, aceptamos ser como él: en la entrega de la vida por los demás, en considerar al otro como más importante, sus necesidades como más importantes que las mías, en alcanzar la divinidad, pero alcanzarla para compartirla con todos, no sólo para mí y los míos, sino para todos.

El que es libre es tentado, ya que es quién puede elegir. Así nos presenta el Evangelio de Mateo a Jesús, el hombre libre, el Hijo de Dios, que movido por el Espíritu acude al desierto para encontrarse con Dios, y, allí vive tres tentaciones o tres tipos de tentaciones:

La primera hace alusión al hambre física, a las necesidades materiales, la tentación de construir la vida en base a ir satisfaciendo nuestras necesidades materiales: hambre, frío, calor, casa…, sin importar las necesidades de los demás. Uno no es hijo de Dios para no tener necesidades, para no pasar hambre, ni sed, ni frío, ni…, sino que se es hijo de Dios porque se conoce su palabra, una palabra de vida, de esperanza, una palabra que nos hace hermanos luego no puede bastarme con que mi hambre sea saciada si todavía hay gente que pasa hambre.

La segunda hace referencia a la religiosidad o la espiritualidad, siendo la tentación de vivirla de tal manera que por cumplir la práctica religiosa nos pensemos mejores que los demás, superiores a ellos, más perfectos, con derecho a ser reconocidos, aplaudidos y venerados por todos los demás, con derecho a que Dios me mande a los ángeles para volar con ellos, es convertir la religión en un espectáculo, una farsa, una obra de teatro, en vez de celebrar lo que se vive y la vida misma.

Y, la tercera al poder, la fama, el ser más que los otros y dominarlos a todos, no como hermano, sino como dueño y señor. Un poder que requiere que nos humillemos ante uno, para que podamos después humillar a miles, un poder efímero y no real, pues en el fondo vives adorando a quién te dio ese poder, y, ese, tarde o temprano se lo dará a otro y tú serás eliminado. Cristo responde que sólo hay que adorar a quién da la vida, sólo hay que arrodillarse ante Dios, no ante cualquiera.

Seamos libres, seamos responsables, aprovechemos este tiempo para vencer y superar las tentaciones, para imitar a Cristo y aceptar de Él su divinidad, una divinidad que nos hace humanos, que nos lleva a servirnos unos a otros.

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