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Por JUAN GARCÍA CASELLES | Como borreguitos al matadero, así nos llevan. No parece que lo hayan provocado adrede, o por lo menos, los que así lo creen no presentan pruebas ni siquiera argumentos que medio lo justifiquen. Pero parece claro, y su silencio así lo pregona, que el capital está encantado con el coronavirus (nunca las coronas fueron buenas).

Sea intencionado o no, el gran capital está aprovechando la ocasión para conseguir, por lo menos, dos objetivos que le benefician en grado sumo.

El primero ha sido el de, utilizando un pánico convenientemente alimentado por todos y cada uno de sus medios de comunicación (difusión e ideologización), convertirnos a todos en un rebaño manejable que va obedeciendo una a una todas las órdenes de los pastores (los mayorales, a su vez, obedecen las órdenes del amo). Os metéis en casa, os estáis calladitos, os quedáis sin comer si es preciso, y alabáis in tino y sin mesura los mismo aparatos sanitarios y políticos a los que antes maldecíais. Os quedáis sin gimnasios, sin espacios verdes, sin bares, sin viajes, sin deportes, ya tenéis la tele, y mucho ojito con rechistar. Ahora ya pueden hacer lo que quieran con nosotros. Y como la salud es la única salvación dentro del capitalismo y Dios no tiene nada que ver con todo esto, qué le vamos a hacer… humillarse y callar.

El segundo objetivo es demostrar que el método mejor para que el capitalismo perdure no es la democracia, sino regímenes autoritarios, de modo que el mercado no esté controlado por la “mano invisible” (que hay que ver lo mal que lo hace), sino por la férrea mano del gran hermano, como es el caso de China (y antes del nazismo). Una sociedad subordinada para un sistema político con capacidad de controlar los excesos del capital, pero respetando una cierta autonomía y garantizando sus beneficios, parece la mejor opción en estos momentos para los del dinero, dada su incapacidad para resolver los problemas democráticos, ecológicos y estructurales, especialmente el de la revolución tecnológica.

En esas andamos. Y lo que te rondaré, morena.

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