Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Por JUAN GARCÍA CASELLES | El capitalismo es un sistema parasitario que puede sostenerse mientras va “devorando” todos los sistemas económicos anteriores a él. En los últimos quinientos años ha podido sobrevivir porque el coste de la mano de obra, consistente en el coste de su mantenimiento y reproducción, se conseguía porque la alimentación y el vestido (así como al principio también la habitación) se realizaba con productos no capitalistas (agricultura. ganadería, materias primas del mundo no capitalista, etc.).

A medida que el capitalismo va creciendo se va reduciendo la parte del mundo con sistemas precapitalistas, y la parte de bienes necesarios para el coste de la mano de obra de origen no capitalista se reduce también, mientras crecen al mismo tiempo el número y la importancia de los bienes de origen capitalista, como la educación y la sanidad, lo que encarece su coste.

Mientras duró la Unión Soviética, el miedo de los capitalistas al comunismo impulsó el mantenimiento e incluso el crecimiento de los salarios con aquello del capitalismo de rostro humano o neocapitalismo. Pero cuando el mercado se tragó a la potencia rusa el capitalismo volvió a mostrar su feroz rostro con la escuela de Chicago y el neoliberalismo, que consistió y consiste fundamentalmente en reducir el porcentaje de los salarios para incrementar el porcentaje de los beneficios. Para que la cosa funcionara se  prolongó la duración y la intensidad del trabajo hasta límites que nos llevaban a situaciones que parecían haber desaparecido después del siglo XIX.

Y se estiró casi hasta lo imposible la explotación con motivo de la crisis de 2.007. Sin embargo, el capitalismo no remontaba la situación lastrado por la superexplotación, no solo de los recursos humanos, sino, sobre todo, de los recursos naturales (ecología) y las dificultades de adaptarse al nuevo maquinismo de la digitalización, amén de la dificultad creciente para colocar sus productos que no encontraban comprador porque la mano de obra bastante hacía con subsistir y no podía ya consumir como antes.

La prueba de esta incapacidad del capital para sobreponerse a la situación es la extraña maniobra de los intereses negativos llevada a cabo por los poderes políticos sometidos al capital financiero.

Aún se tensionó más la situación al llevar la superexplotación capitalista a la mano de obra que hacía posible el funcionamiento de los aparatos del estado con la política de las privatizaciones.

Y justo en este momento sucedió lo que era imprevisible para los talentosos muchachos de Chicago. Vino el coronavirus.  Los aparatos sanitarios no tenían ni el personal ni los medios materiales, técnicos y científicos mínimos para actuar en una situación de pandemia que se había repetido innumerables veces a lo largo de la historia y estaba perfectamente documentada en libros, estudios y películas.

Todo el aparente control del capital sobre los mercados y los estados se quedó en nada, en nada. Y al saltar por los aires el sistema sanitario, todas las verdades capitalistas se volvieron en lo que son, despreciables mentiras de un sistema de dominación que proclama como verdad absoluta la mayor sandez humana que han conocido los siglos., que haciendo cada uno lo que le diera la gana seríamos todos felices porque para eso estaba el mercado que era una especie de dios ignoto que nos iba a salvar.

Ha bastado un miserable virus venido de lejanas tierras para dejar en ridículo a tanto farsante servidor del sistema.

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