Domingo 5 de abril 2020 (Domingo de Ramos) | Mateo 21, 1-11; Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66.

Por JOSÉ LUIS BLEDA | Escribo estas líneas desde la cama de la habitación 206 de La Lima Medical Center, dónde hoy jueves (en Honduras, en España es ya viernes de Dolores) me han dejado ingresado para controlarme una infección debida a una celulitis en el cuello (soy raro hasta para la celulitis), y se supone que en 48 horas me darán el alta, aunque no sé ya si celebraré con Pablo el domingo de Ramos,…, ya me había hecho a la idea de concelebrar con él en el Templo vacio de Ntra. Sra. de Guadalupe, hasta estuve ayer ambientando algo el altar….

Tiempos difíciles y duros que nos tocan vivir y en los que estamos llamados a celebrar, precisamente lo que vivimos a nivel mundial, lo que vivo personalmente, me lleva este año a meditar en los sentimientos de Jesús: ¿Qué estaría pensando él montado sobre el pollino cuando entraba a Jerusalén entre aclamaciones y cantos de júbilo? ¿en el viernes? ¿en su Pasión? ¿en su muerte sólo y alzado en la cruz?…. ¿Qué pienso yo, lejos de mi madre en el día de su santo, con la amenaza del coronavirus allá y aquí? Pero no todo es negativo, siempre hay un algo que nos invita a mirar más allá: mi madre ya me ha dicho que el 15 de septiembre lo reserve para ella, para comer con ella y con mis hermanos y celebrar su santo…; desde el Hospital le doy vueltas a como vivir profunda y espiritualmente esta Semana Santa, ¿Cuántas veces le he pedido a Dios una Semana Santa sin responsabilidad, sin procesiones, sin tener que estar sujeto a unas tradiciones, para poder profundizar desde la contemplación y la tranquilidad los misterios que celebramos en el Triduo? Y ahora, lo tengo, aunque os aseguro que esto no es como yo lo quería ni pedía….

Y desde esta realidad la Palabra de Dios que acompaña al Evangelio de Mateo, como cada año, nos insiste en:

– invitarnos a ser profetas de esperanza, capaces de dar ánimo al abatido, de dar la espalda al mal, al dolor, al que nos golpea, y de permanecer firmes en nuestra fe;

– orar, orar como Jesús desde la cruz, desde nuestras cruces. El Evangelio de Mateo, el evangelio para los judíos, nos presenta a Jesús en la cruz orando con un salmo, y pone en boca de Jesús el inicio del salmo 22: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” salmo que describe la Pasión como ningún otro, describe la lejanía de Dios y el sufrimiento del inocente, del profeta, del Mesías, al tiempo que va reafirmando el Poder de Dios, su Señorío, su Reino, que los pobres se saciaran y que los ricos buscarán al Señor y se postraran ante él… Si podéis leer todo el salmo 22, despacio, varias veces, dejar que entre en el corazón, e intentar comprender la carga de esperanza que contiene, aunque describe también la sensación de abandono y fracaso.

– Y, por último, contemplar al Cristo crucificado, es contemplar al último, al hombre que sufre, que muere, que no tiene derecho ni a ser enterrado (si Cristo fue enterrado fue porque Pilato se salto las reglas ante la petición de José de Arimatea), es contemplar al último, al que se abaja, a quién ocupa voluntariamente el último lugar… Hoy más que nunca, ante tanta situación que nos hace sentirnos impotentes, podemos compartir ese último lugar, sentirnos últimos con los últimos, con el Último que es Cristo.

Y, no quiero terminar sin hacer alguna alusión a la Pasión. No sé si serán por las especiales circunstancias que estamos viviendo este año, encerrados, aislado, pero me ha impactado en las veces que durante esta semana he leído la Pasión de Mateo para ver que escribía.., es la soledad del crucificado,… Me ha impresionado: Judas lo vende, Pedro lo niega, y él queda sólo en la cruz, le ayuda a llevarla un desconocido y porque le obligan, los más cercanos a la cruz son los soldados que se reparten y se juegan sus ropas, luego los magistrados y miembros del Sanedrín que se burlan, aquí no hay buen ladrón, y las mujeres que le siguen están alejadas, ven desde lejos toda la escena,… Solo una vez muerto el centurión confiesa que es Hijo de Dios, y José de Arimatea da la cara por su cuerpo para darle sepultura ayudado por Nicodemo…. Queda la esperanza, la esperanza del mañana, cuando vuelvan las mujeres al sepulcro. Hoy más que nunca permitirme, desde la soledad, reafirmar mi fe en la esperanza, esperanza que es una realidad que se va haciendo cada día desde la caridad o el amor, y, a pesar de todo, lo que si he visto en estos momentos es la cantidad de gestos de amor que conocidos y no tanto han tenido conmigo, y, eso es un motivo para la esperanza.

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