Por JUAN GARCÍA CASELLES | Cuentan que este era el grito de intimidación con que los legendarios bandoleros de Sierra Morena atracaban a los incautos viajeros que osaban pasar por aquellos parajes. Y en esas andamos, convenientemente modernizados, que esto de la técnica nos ha poseído y ya no nos abandonará jamás. Con esto del virus que no hemos visto de ninguna forma y ni siquiera lo vieron venir los más afamados augures de nuestros días, ni siquiera el FMI, que como los camaleones tiene un ojo que solo mira el futuro, pero que no acierta ni de casualidad, la humanidad toda, y con ella los medios de comunicación, los partidos políticos, los filósofos y hasta los echadores de cartas, se han dividido en dos grupos irreconciliables, lo admitan o no.

En un grupo están los de la vida. Aunque eso de la defensa de la vida era hasta hace poco patrimonio y bandera de los ultrasuperderechistas, ahora son mayoritariamente de izquierdas, que dicen que lo que hay que hacer en este momento es acabar con el coronoese porque por mucho que se jorobe la economía, si pierdes la vida, ¿de qué te servirían todas las mercancías del mundo?

Enfrente se encuentran los que no hacen más que quejarse de lo de salvar a todo quisque, porque es imprescindible conservar lo mejor posible la economía (o sea, sus riquezas) y que no conviene apretar mucho porque si seguimos así terminaremos todos pobres porque (dicen) si se hunden las empresas el paro aumentará hasta que todo el mundo se quede sin trabajo y eso sería una catástrofe. Es verdad que no lo dicen así exactamente, pero se les ve la patita por debajo de la puerta. Que los pobres sigan siendo pobres les importa un comino, pero, parece ser, lo de convertirse ellos en pobres les trae a mal traer.

Si aplicamos al caso el sabio refrán de que “más vale burro vivo que sabio muerto” la cosa parece clara: vamos a ver cuántos sobrevivimos y luego ya nos apañaremos. Pero los de la bolsa (o los de la Bolsa) no se avienen a razones y son gente poderosa y de mucha mala leche y pocos escrúpulos, por lo que habrá que andarse con cuidado. De momento han conseguido que el Pedro les prometa un nuevo Pacto de la Moncloa que fue aquel acto de rendición de las izquierdas que  aceptaban el capitalismo como mal menor a cambio de la supervivencia.

Esto de los pactos es cosa reiterada de la política española. El del Pardo trajo el acuerdo de conservadores y liberales manteniendo la debilitada monarquía de Alfonso XII (el de la Merceditas), el de San Sebastián abrió las puertas a la segunda república y los de la Moncloa permitieron inaugurar la actual democracia, hoy denostada bajo el nombre de régimen del 78. Los nuevos pactos de la Moncloa, visto el perfil de los posibles actores, vendría a legitimar la actual monarquía y la pervivencia del capitalismo, o sea, la gloriosa fórmula del Príncipe de Lampedusa: “cambiarlo todo para que todo siga igual”.

Pero como el coronavirus este viene con ánimo de no dejar títere con cabeza, la fórmula Moncloa puede hacernos perder otra vez el tren de la historia, porque si en España logra estabilizase la situación, no creo que ocurra lo mismo entre los actuales protagonistas del cotarro mundial, incluida Europa, que lleva el camino de desaparecer como ente político.

Ja vorem, ya veremos.

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