Por JOSÉ LUIS BLEDA | Quienes me conocen y siguen habitualmente saben que para el fin de semana suelo poner en el Facebook una reflexión sobre las lecturas de la misa dominical, nunca en Semana Santa he puesto la reflexión sobre el Triduo Pascual, tampoco lo voy a hacer ahora. Casi siempre he invitado el Domingo de Ramos a vivir el Triduo y dar unas orientaciones sobre él. Esta Semana Santa es especial, muchos la celebraremos como nunca lo hemos hecho y como nunca lo hemos pensado, veo con envidia como en Nicaragua siguen celebrándose las eucaristías con pueblo, espero volver a celebrar así, pero mientras llega, aprovecho para profundizar desde la soledad y con tiempo, lo vivido, lo que estoy viviendo y lo que espero, desde ahí, comparto unas reflexiones sobre lo que es para mí el Jueves Santo, lo que ha sido, como me preparo a vivirlo. Mañana hablaré también del Viernes Santo, la cruz; y, el Sábado pondré en Facebook la acostumbrada reflexión sobre las lecturas de la Vigilia Pascual.

Lavatorio en la Iglesia conventual de San Francisco ad cenaculum, Jerusalén, durante la Peregrinación a Tierra Santa (1-8 diciembre 2019).

EL LAVATORIO DE LOS PIES, LA HORA SANTA

Antes de entrar, solamente señalar la unidad entre las celebraciones del Triduo: Misa de la Cena del Señor, Viernes de la Pasión, Vigilia Pascual, una celebración que se inicia el Jueves y continua hasta el final de la Vigilia Pascual. Especialmente Jueves y Viernes se unen en la proclamación del mismo Evangelio: el de San Juan. El jueves parte del relato de la Cena tal como lo recoge el evangelista Juan, y el viernes la Pasión según San Juan; ya, en la Vigilia volvemos al Evangelio de Mateo, culminando la Pasión que leímos el Domingo de Ramos, con la lectura de la Resurrección.

El Evangelio de Juan, a la hora de describir la Cena no nos narra, a diferencia de los otros tres, la institución de la Eucaristía, sino que se detiene en el lavatorio de los pies, escena que sucedió poco antes a lo descrito en el Evangelio que proclamamos el Martes Santo, es decir que la predicción de la traición de Judas y de las negaciones de Pedro, y que continuará con las palabras que Jesús dirige a sus apóstoles y al Padre durante la última cena, conocida como la oración sacerdotal y que se corresponden con los capítulos 14 al 17 del Evangelio de Juan.

Como he dicho antes, Juan no narra la consagración, las palabras de la Eucaristía, en su lugar se detiene a contar con detalle el momento del lavatorio de los pies. Son dos los gestos que Jesús en esa última cena deja a sus apóstoles para que le recuerden: él se pone a lavar los pies, asumiendo la condición de esclavo o de siervo (recordar que la pasión de Mateo comienza diciendo que Judas lo vende por treinta monedas de plata, según muchos estudiosos de la época ese era el precio de un esclavo común en el mercado de la época) y el otro es lo que nos transmiten los sinópticos (los otros tres evangelios y san Pablo) el cambio de las palabras de la bendición sobre el pan y el cáliz por las palabras que recordamos los sacerdotes al celebrar la Eucaristía. El primer signo se recuerda una vez año: en la misa de la Cena del Señor, cada Jueves Santo, después de la homilía se hace el gesto de lavar los pies a doce de los fieles, o 12 personas escogidas para ello, últimamente el Papa Francisco, al celebrar en la cárcel, ha escogido también a presas e incluso musulmames,…. El otro se puede celebrar todos los días. Hoy, con la cuarentena y la mayoría de los templos cerrados sin culto público, se nos hace raro celebrar el Jueves Santo sin el lavatorio, celebrar la Eucaristía sin fieles y sin dar la comunión físicamente a los fieles….

Quizá por esto recuerdo, no se aleja de mi mente, los pies que he lavado, los rostros de aquellos a quiénes he tenido el privilegio de lavar los pies, de muchos conozco sus historias, historias de servicio, de sufrimiento, de gozo,… No todos los años he podido hacer el gesto, aunque siempre que he sido párroco lo he hecho, pues una de mis manías ha sido celebrar el Triduo completo, con todas las lecturas y todos los gestos, cierto que no siempre he tenido bautizos en la Vigilia Pascual, sobre todo tras no aceptar niños menores de 7 años para bautizar esa noche,… Pero, siempre para mí, la homilía del Jueves Santo culminaba con el gesto de quitarme la casulla, ceñirme la toalla y empezar a pasar a lavar los pies, de niños que se preparaban para la Primera Comunión, de jóvenes que se preparaban para la Confirmación, de catequistas, de agentes de pastoral (visitadoras de enfermos, voluntarios de Cáritas,..), de las que limpian la iglesia, miembros de Cofradías,… También beneficiarios de Cáritas. Para mí, el poder lavar los pies es un privilegio, un regalo que Dios me ha ido haciendo en cada momento, el gesto que resume mi manera de entender y vivir el sacerdocio, por eso, cuando en alguna ocasión no había 12 pies para lavar, no comenzaba la celebración sin pedir a los fieles voluntarios para ello, y pedirlo por favor, pues me hacían un favor al aceptar dejar que les lavara los pies. Sólo lo podía hacer una vez al año, pero para mí es el gesto que resume mi función como ministro, como sacerdote: servir, arrodillarme ante el otro, sea niño o mayor, hombre o mujer, católico practicante frecuente o alejado, incluso increyente, colaborador o beneficiario, porque el otro, el otro siempre es mi hermano, siempre es para mi presencia sacramental de Cristo, y, la vocación que he recibido es servirle, lavarle y besarle el pie,… Por ello, las palabras con las que he precedido ese gesto, siempre han sido gracias y perdón: gracias porque durante el curso me han permitido presidir la Eucaristía, presidir la comunidad en la fe; perdón por las veces en que no lo he hecho con actitud de servicio, sino de mando, de poder, de autoridad, y, luego a lavar los pies… Una cosa que siempre me ha ayudado, sobre todo cuando tenía que tratar con personas que me exasperaban, es pensar que a esa persona con la que estoy discutiendo, yo debía lavarle los pies y besárselos,… Este año no lo podré hacer. Pero, aunque eso no se recomiende a los fieles, si que a los que tenéis familia en casa, sois varios, sin hacerlo como sacerdotes, como ministros, si podríais lavaros los pies unos a otros tras leer el Evangelio.

Estos días, pensando que está vez no lavaría los pies, he recordado especialmente las dos ocasiones a lo largo de mi vida sacerdotal en que he lavado los pies sin ser Jueves Santo, la última fue el viernes 6 de diciembre del pasado año, en el contexto de una Peregrinación a Tierra Santa, allí, en la Iglesia de San Francisco, junto al lugar dónde Jesús celebró la última cena, pude hacer ese signo con algunos de mis hermanos peregrinos, tras renovar mis promesas sacerdotales, y recibir después como regalo un cáliz de cerámica, que me encantó (siempre quise tener uno, pero desde mi años en Bolivia nunca me compro los objetos sagrados, estos deben ser gratuitos, regalados, no pagados). Una foto de ese momento la he puesto más arriba. El otro momento fue a finales de julio del 2018, en Kribi, Camerún, terminando ya la experiencia misionera con el grupo de jóvenes murcianos y el P. Paulino, tuvimos una tarde de retiro que concluyó con una Eucaristía, Paulino y yo, como signo para resumir la experiencia, no encontramos nada mejor que lavarles los pies a los jóvenes y también a los catequistas y agentes de pastoral nativos que nos acompañaban y nos habían acompañado durante la experiencia,… Menos mal, que esa tarde hizo algo de tormenta (o eso me pareció) y se iba la luz de vez en cuando, así se pudieron disimular algunas lágrimas,…. No me sentía digno de lavar aquellos pies de quiénes habían pasado la mitad de su verano acariciando niños, leprosos, curando enfermos, sonriendo y escuchando, jugando, y, menos a quiénes nos habían acompañado y estado atentos de cualquier necesidad de modo que antes de pedirla, incluso antes de darme cuenta que necesitaba algo, ya estaban solucionando el tema. En esa celebración también experimente como Cristo me lavaba el pie a mí. El Jueves Santo, cada Jueves Santo, es como si Jesús volviera a decirme una vez más: “Cuento contigo”, como dicen los hermanos retiristas del Movimiento Juan XIII y los cursillistas de Cristiandad.

LA HORA SANTA

Con estas fotos del Monumento que se hizo en dos Jueves Santo distintos en Algezares, la parroquia donde he servido entre septiembre de 2014 y septiembre de 2019, quiero pasar a comentar otro momento importante en la espiritualidad de este, momento que durante esos años no pudé vivir con intensidad por participar de la Procesión, que también forma parte de la Semana Santa. Es la oración acompañando a Jesús. Recuerdo especialmente los Monumentos que preparábamos en Jumilla, con Herminia, Manolo,…, cada año en un lugar distinto de la Iglesia, y con motivos distintos, una vez casi reproducimos el huerto de los olivos dentro de la Iglesia, otra, cuando lo del terremoto de Haití, era una tienda de campaña sanitaria,…., y siempre con algún elemento prestado del Convento de Santa Ana, ¡lástima no conservar por aquí ninguna foto de aquellos monumentos! Y la oración, orar con Jesús. Son dos cosas que me han ayudado en la oración con Jesús, y que os propongo también por si podéis sacar una horica de silencio y oración: una es la lectura tranquila, repetida, haciendo silencios, de los capítulos 14,15, 16 y 17 del Evangelio de Juan, en ellos se recoge las palabras de Jesús a sus apóstoles en la última cena, antes de salir al huerto de los olivos: Jesús como camino, verdad y vida, prometiendo la venida del Espíritu Santo, llamándonos a la unidad como el sarmiento con la vid (mi familia procede de tierra de vino, y esta comparación es algo que me llena), su relación con el Padre, para culminar en el capítulo 17 con la conocida como “oración sacerdotal”, dónde pide al Padre por los “suyos”.

Otro modo de hacer ese rato de oración, o después de esto, es acudiendo a la imaginación, acompañando a Jesús en el huerto de los olivos, como Pedro, Santiago y Juan, pero sin quedarnos dormidos, podemos releer el pasaje de la oración del huerto de Mateo (Mt 26, 36-46), y estar con él, intentado contemplar sus sentimientos, compartiéndolos, acompañándolo.

Bueno, con esto, con el Manual para la Celebración de la Semana Santa en familia, las oraciones y retransmisiones de las celebraciones por radio o por televisión, creo que tenéis elementos suficientes para vivir el Jueves Santo. Un abrazo, y mañana más…, pero con la cruz.

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