Domingo 7 de junio 2020 (Festividad de la Santísima Trinidad) | Éxodo 34, 4b-6.8-9; Salmo (Daniel 3); 2ª Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18

Imagen tomada de Odres Nuevos

Por JOSÉ LUIS BLEDA | Terminó la Pascua pero la fiesta continua: la fiesta, la alegría, la alabanza, por un Dios que nos acompaña, que nos salva, que nos ama, continua, y la Iglesia lo hace con esta fiesta dedicada al nombre de Dios que celebramos este domingo. Celebrar la Santísima Trinidad es celebrar el Nombre de Dios, o, que Dios tiene nombre. ¿Qué implica esto? Pues en primer lugar la posibilidad de una relación personal con Dios. No es posible relacionarse, y, relacionarse con frecuencia sin llamarnos por nuestro nombre. Que Dios tenga nombre implica que puedo llamarlo por su nombre, puedo invocarlo por un nombre concreto y único, como hizo Moisés, quién no solo es un profeta o el mayor de los profetas, sino el amigo de Dios, que hablaba con Dios cara a cara y lo llamaba por su nombre, tal y como se nos dice en la primera lectura.

¿Cuál es el nombre de Dios? Trinidad, Padre-Hijo-Espíritu Santo, Jesucristo, YHWH, “El que soy-el Dios de vuestros padres- El que viene o ha de venir,…. Da igual, sea el que sea el que tú conoces y usas, como el que yo uso (Señor, Padre, Abba, Jesús,…) el llamarlo por su nombre indica que confío en Él, y que Él confía en mí, me ha dado un nombre por el que puedo llamarlo. Se establece una relación, que es una relación personal, y que luego, como ya he indicado, puede llegar a ser una relación de amistad. Al leer las lecturas de este domingo para preparar esta reflexión me ha venido a la memoria lo que el Papa Benedicto XVI escribe en su trilogía sobre Jesús de Nazaret, a quién considera como el nuevo Moisés, Jesús el Mesías, como Moisés (considerar que ambos nombres tienen las mismas consonantes Mss) vienen del Egipto, atraviesan el mar (Moisés el Rojo, Jesús andaba sobre el de Galilea), convierten el agua en sangre (Moisés) o en vino (Jesús), guían a su pueblo hacia la Tierra Prometida o Jerusalén, suben al Monte (Horeb, Moisés, Tabor, Jesús), hablan con Dios cara a cara,… Y, esta fiesta, me incluye en esta dinámica, yo también puedo invocar a Dios por su nombre, relacionarme con Él, ser su amigo.

El fruto de esta amistad no es sólo para mí, sino también para mi pueblo, el pueblo al que pertenezco. Así lo expresa el final de la primera lectura, el Dios amigo, es un Dios que me acompaña, que acompaña a mi pueblo, y, para ello, perdona, por eso el conocimiento de Dios, de su nombre, va unido a la experiencia de que Dios es el compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel.

Creo que esto es motivo de alegría, para estar alegres, y motivo para bendecir a Dios, como se nos invita a hacer con el cántico de Daniel, y como Pablo nos exhorta en la segunda lectura, que comienza invitándonos a estar alegres y termina con lo que muchas veces se usa como saludo inicial de la misa, en una invocación trinitaria: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo. Gracia, gratuidad, todo lo que se nos da en Jesucristo es gratuito, no podemos pagarlo, es signo de amistad, de amor, amor que es el del Padre, quién, siguiendo el Evangelio que proclamamos en esta fiesta, mandó a su Hijo como signo de su amor, y lo manda para salvar no para condenar, salvación que no podemos pagar, pues es gratuita, sólo podemos corresponder como se puede corresponder al amor, amando como Él nos ama. Y, en esa correspondencia viene la comunión, don que se vincula al Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que todos recibimos, no sólo yo, ni sólo tú, ni solo nosotros, sino todos, pues desde el origen de la creación revolotea sobre toda la tierra; y, es un Espíritu que nos invita a vivir en comunión, no sólo con Dios, sino también con todos a los que Él ama, con toda la creación (tanto amó Dios al mundo).

Así que, felicidades, disfrutad de la fiesta y que esta celebración aumente nuestra relación de amistad con Dios y nos lleve a estrechar más la comunión con los hermanos, con todos.

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