Domingo 12 de julio 2020 (XV Tiempo Ordinario) | Isaías 55, 10-11; Salmo 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Recordatorio de la Ordenación sacerdotal del autor.

Por JOSÉ LUIS BLEDA | XV domingo del tiempo ordinario, del ciclo A, precisamente el mismo domingo que se celebraba el día de mi ordenación, que fue el 13 de julio de 1996, a las 8 de la tarde de un sábado y, por tanto, primeras vísperas del domingo XV del Tiempo Ordinario, con estas lecturas… Haciendo cálculos, el viernes 10, celebró Pablo el 9º aniversario de su ordenación, que fue el domingo 10 de julio de 2011, precisamente también domingo XV del Tiempo Ordinario, ciclo A. Quienes compartimos una misma liturgia de la Palabra para la ordenación (aunque los obispos en su homilía hablaron de otras realidades), ahora, aquí en Honduras, compartimos labor pastoral.

Son lecturas que se refieren especialmente al papel de la Palabra de Dios. La primera, de manera poética el profeta Isaías habla de una Palabra que nos penetra, empapa, y tras haber cumplido su misión vuelve a Dios. Siempre esta profecía la recuerdo cuando me dispongo a orar meditando al preparar estas homilías u otras, especialmente desde mi ordenación sacerdotal: “Ayúdame Señor a empaparme de tu Palabra, que entre hasta mi corazón, que lo toque y la sienta, para luego transmitirla y compartirla, de manera que no vuelva vacía a Ti.” Profecía que va muy unida a lo que se pide al Señor en el salmo 64, cuando nos ponemos en sus manos o nos dirigimos a Él pidiendo que sacie nuestra sed, que sea siempre nuestra agua. Hoy, especialmente, me viene muy bien, que las lecturas me recuerden que es en Dios, en Cristo, en su Palabra, donde debo buscar la fuente para saciar la sed, tranquilizarme, encontrar la paz, su paz….

Las circunstancias que vivimos, que vivo, me hacen tener con frecuencia delante muchos sufrimientos, propios y ajenos. Muchas veces, si me centro sólo en lo que se sufre, en el mal, en el fracaso, puedo caer en la tentación de quedarme sin repuesta ante la pregunta: “¿Merece la pena?” o incluso darme una respuesta negativa, que me lleva al desánimo y a la tristeza,…, considerando que otros tiempos fueron mejores, y no volverán… La segunda lectura me hace mirar un poco más allá en mis recuerdos: es verdad que he vivido momentos muy buenos en el pasado, pero siempre en el pasado he vivido momentos de dolor, de sufrimiento, de preocupación, siempre han habido gemidos,…, y siempre los he superado, o mejor dicho, los hemos superado, los hemos transcendido, nos hemos alegrado…. Recordar la ordenación sacerdotal es recordar a tanta gente que la hizo posible, tantos que me acompañaron para llegar, tantas experiencias que me fueron marcando para animarme y no tirar la toalla durante el camino formativo, y tantas personas que han compartido estos 24 años de ministerio sacerdotal muchas de esas personas me siguen acompañando desde la Casa del Padre (Joseíco, Pablo, Ignacio, Quino, Marcela, Luisa, Ramiro, Carmen…) otras me seguís acompañando aunque sea por medio del WhatsApp o de una llamada, y seguimos compartiendo alegrías, proyectos, ilusiones, preocupaciones, y cuando nos contamos desastres, fracasos, problemas, sabemos que habrá salida, que tenemos que seguir adelante, aunque no se vea el final, porque sabemos, que como en otras ocasiones, no estamos solos, vamos de la mano de Dios, y al final todo será alegría, todo será luz, como en el parto… se gime para llegar a la libertad, a la luz, a la redención….

Y, ahí tenemos la Palabra, la Palabra como Maestra que nos anima, nos impulsa, nos motiva a seguir. Una Palabra que es Cristo, ese Jesús que sale de su casa a la orilla del Mar o lago de Galilea (una de las cosas que más me gusta, es pasear con los pies descalzos por la orilla del mar, dejar que las olas me mojen…), y, que al ver a la gente, no duda en cambiar de sitio: subirse a la barca, dejar lo suyo, y atender a la gente, enseñarla, instruirla… Simplemente el inicio de este Evangelio, que tantas veces he meditado, ya me dice en que debe consistir mi sacerdocio: no pensar en mi gusto, en mi paz (el paseo por la orilla del mar) sino ver a la gente, ver su necesidad, adaptarme a ella, buscar el lugar dónde llegar y realizar mejor mi atención hacia la gente. Luego viene la parábola, y, en esta ocasión me la aplico a mí. Jesús me llamó, sembró su Palabra, yo soy la tierra, ¿pero qué tierra soy? Hoy, como siempre, esta lectura me pide que sea una tierra que acoge, que se entera de lo que recibe, que no se cierra, que sea constante en la lucha por acoger y por enterarme, sin dejarme distraer por otras preocupaciones, por mis gustos, mis intereses….

Bueno, el lunes 13 será el 24 aniversario de mi ordenación sacerdotal, desde aquí pediros perdón porque no os he servido como merecéis, y pediros, que desde donde estéis tengáis una oración para mí, para que la Palabra siga empapando mi vida, y, que nunca, por difíciles que sean las circunstancias, me encierre en mí mismo y en mis intereses, sino que siempre permanezca abierto a Dios y a los hermanos, a vosotros y a todos.

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