Domingo 15 de noviembre de 2020 (XXXIII Tiempo Ordinario) | Proverbios 31, 10-13.19-20.30-31; Salmo 127; 1ª Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

Por JOSÉ LUIS BLEDA | El tiempo va pasando, nos vamos acercando al fin del año litúrgico, este será el último domingo del 2020 en que se celebra con el color verde, y las lecturas nos hablan de la rendición de cuentas ante el Señor. Al final tendremos que rendir cuentas de lo que hemos recibido y de lo que hemos hecho, no sabemos ni el día ni la hora, como se nos dice en la segunda lectura, pero sabemos que ese momento llegará, un momento, un juicio, una rendición de cuentas que no hemos de temer si hemos vivido de manera honesta, transparente, en la luz, como se nos dice en esa misma lectura, otra cosa es si tenemos cosas que ocultar, que no queremos que sepa nadie, lo que hacemos en la oscuridad, en las tinieblas, eso saldrá a la luz.

Ánimo fuerte

¿Qué espera el Señor, Dios, nuestro Salvador de nosotros? A eso responde en parte la primera lectura. En el Antiguo Testamento, especialmente en la literatura sapiencial, a la que pertenece el libro de los Proverbios, la mujer, la esposa es la imagen del alma que busca a Dios, de la enamorada que ansía encontrar a su Amor: el creyente es la mujer, la esposa, y el Esposo es Dios, la Sabiduría, la Palabra, Cristo. Así, Cristo busca en nosotros la fortaleza, el ánimo fuerte que nos lleve a dar fruto, a sacar provecho de lo que hemos recibido, de lo que tenemos, para que no le falte nada al Amado, para que el Amado tenga todo lo que le gusta, lo que quiere, lo que necesita…

Teniendo en cuenta esto: el juicio y lo que se espera de nosotros, podemos definir que es el “temor de Dios” según se nos presenta en el salmo 127. El temor no es miedo a un juez que va a descubrir mis chanchullos, mis mentiras, lo que he hecho en la oscuridad, sino más bien miedo a defraudar a quién me ama, a no estar a la altura del amor que he recibido, que me ha dado, y al que no he sabido o no he querido corresponder según mis posibilidades.

Parábola de los talentos

Y, desde aquí, podemos entender la parábola de los talentos que nos ofrece el Evangelio de hoy. La condena al último siervo, al que escondió sus talentos y sólo devuelve lo que le fue entregado al Señor, debe entenderse no como un castigo a quién no produce, sino, un castigo a quién no ama y no hace nada por amor. En la parábola, el último siervo, al presentar y devolver su talento, dice que tuvo miedo porque sabía que su Señor segaba lo que no había sembrado y recogía lo que no había esparcido,.. ¿Quién siega lo que no ha sembrado y recoge lo que no ha esparcido? El ladrón, el que roba, el que vive del trabajo de otro, explotándolo y oprimiéndolo, por eso la respuesta del Señor, aparte de dura se inicia respondiendo a esta acusación: “Sabías que siego lo que no siembro y recojo lo que no esparzo…” El malvado tiene una imagen de Dios exigente, que nos pide siempre más, que nos roba, un Dios que no nos deja vivir, que nunca nos da lo que merecemos, un Dios que nos explota y nos oprime, … Los otros no juzgan a Dios, reciben los talentos y se ponen a trabajarlos, produciendo más, y luego, cuando llega la hora de devolverlos no devuelven sólo lo que recibieron, sino que entregan también lo que han conseguido, con una actitud de agradecimiento, incluso de respeto y amor hacia el Señor que había confiado en ellos.

Aún estamos a tiempo de meditar sobre la imagen de Dios que tenemos (Juez, Distante, Exigente, o Misericordioso, generoso, que nos ama, que cuenta con nosotros…); y de cómo es mi temor de Dios (le temo porque me va a quitar todo lo mío, o, temo no haber respondido más y mejor al amor que Él me ha dado).

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