Domingo 29 de noviembre 2020 (I Adviento) | Isaías 63, 16c-17.19c;64, 2b-7; Salmo 79; 1ª Corintios 1, 3-9; Marcos 13, 33-37

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Por JOSÉ LUIS BLEDA FERNÁNDEZ | Ya llega la Navidad, ya comenzamos el Adviento, y lo hacemos en este curso o año litúrgico con el Evangelio de Marcos. Aunque con la pandemia y la amenaza del covid-19, en los campos que ahora atiendo como sacerdote: Coy, Avilés, Doña Inés, Las Terreras, cada uno según sus posibilidades, se prepara la corona de Adviento, el Nacimiento, el belén…

Y, aunque sabemos que esta Navidad será diferente, también por ello, sabemos que no dejará de ser Navidad. Además, el hecho de que Pablo Jareño fuera párroco de estos sitios y ahora esté en Sabá, Honduras, viviendo además de la pandemia las consecuencias devastadoras del paso de dos huracanes en dos semanas, no permite vivirlas con la mirada puesta hacia nuestros hermanos que se preparan para celebrarlas tras haberlo perdido todo, por ello, durante esta Navidad en los templos tendremos unas huchas para dejar una aportación que haremos llegar a Pablo para ayudar a los damnificados por las inundaciones.

Como todos los años, en este primer domingo, la liturgia nos invita a estar preparados, a velar, a esperar. El Evangelio nos invita a esperar la vuelta del Señor, sabiendo que llegará en el momento más inesperado, y, alude al evangelista al tiempo menos adecuado para llegar: entre el atardecer y el amanecer. El atardecer es la hora de la muerte en el Calvario, la medianoche el tiempo de su nacimiento, la misa de gallo, el canto del gallo nos recuerda la negación, la traición, que se realiza de noche, y el amanecer la Resurrección, las mujeres yendo hacia el sepulcro que está vacío. La noche, la oscuridad, los malos momentos, es lo que nos puede llevar al desánimo, al fracaso, al pensar que nada tiene sentido y a tirar la toalla, pero es en esos momentos cuando más brilla la luz, por eso el Nacimiento de Jesús se celebra a medianoche, la Resurrección se produce durante la noche, en la noche es dónde mejor alumbra la luz, durante el día apenas se nota.

Por eso, imitando a Pablo en el inicio de su primera carta a los corintios, que leemos como segunda lectura, hoy quiero dar gracias, gracias a Dios por todos vosotros, por vuestra fe, por vuestra esperanza. Gracias a los amigos y hermanos hondureños que en tantos mensajes me trasmiten esperanza e ilusión, no puedo olvidar el “Primero Dios” que siempre decís, aunque el agua os llegue al cuello: gracias por vuestra esperanza. A mis nuevos feligreses, de estos campos, por la acogida, el estar ahí, el seguir cada día, y no perder la esperanza en un mañana que sin duda será siempre mejor que el pasado. Gracias a los compañeros, amigos, familiares, que habéis sido, y lo seguiréis siendo, en los momentos difíciles motivo de esperanza y de tomar con ilusión los nuevos retos que depara la vida, ojalá yo también lo sea para otros. Sin duda que Dios os ha puesto en mi camino para que tenga siempre un testimonio de Él y de su cercanía, que no me abandona en ningún momento de la vida.

Y, junto al agradecimiento, el reconocimiento con el profeta Isaías, de que Él es nuestro Padre, y que si es cierto que muchas veces no se le ve, parece que nos ha abandonado, que nos trata como merecen nuestros pecados…., no es menos cierto que “seremos salvados” pues Él es nuestro Padre, nuestro alfarero y nosotros somos la obra de sus manos. Con esta esperanza iniciemos nuestro camino de preparación para la Navidad.

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