Domingo 27 de diciembre 2020 (Fiesta de la Sagrada Familia) | Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Por JOSÉ LUIS BLEDA FERNÁNDEZ | Acabamos de vivir la Navidad, la mayoría lo hemos hecho en familia, y en este domingo la Iglesia nos invita a celebrar la Sagrada Familia, y en este año 2020, de pandemia, nos invita a mirar especialmente a los mayores de nuestras familias, con el lema: “Los ancianos, tesoro de la Iglesia y de la sociedad”.

Mirando el 2020 hacia atrás vemos cómo nuestro tesoro ha sido con la Covid-19 lo más vulnerable: en la primera ola de la pandemia muchos se quedaron en las residencias; ellos, por la edad y por padecer otras enfermedades son los que más peligro de muerte corren si se contagian con el virus, y, ellos son, quizá, también los que más han sufrido las consecuencias de los confinamientos sin poder ver a hijos y nietos, sin recibir visitas, sin abrazar a sus seres queridos. Podríamos preguntarnos ¿son realmente nuestro tesoro?

Imagen de Sabine van Erp en Pixabay

Precisamente el evangelio que proclamamos este domingo que recoge la presentación de Jesús en el Templo, y su encuentro con un anciano sacerdote, Simeón, y con una anciana, Ana, nos pone también en la mirada a nuestros ancianos, como aquellos cargados de sabiduría existencial (no la de los estudios, que también puede ser, sino la que da la vida) y también llenos de esperanza: esperaba ver al Salvador Simeón, y no cesa de hablar del niño la profetisa Ana. El hecho de que sean ancianos nos indica ya que representan al Antiguo Testamento, el anciano sacerdote, Simeón, representa el contenido de la Ley, de la Sagrada Escritura, de lo revelado por los profetas y custodiado por la clase sacerdotal, y es una excepción entre los sacerdotes, junto con Zacarías, sacerdote mayor, padre de Juan el Bautista que quedó mudo por dudar de lo que le decía el ángel, pero el resto de los sacerdotes aparecerá siempre enfrentados a Jesús, hasta condenarlo por blasfemo y hacer que Pilato lo crucifique: sólo Simeón fue capaz de reconocer, ver, al Mesías de Dios en el Niño, un sacerdote mayor, que esperaba la muerte, pero que confiaba en que Dios mandaría a un Salvador para el mundo, no para él, no un Salvador que evitara su muerte, pues exclama: “Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz…” Los otros sacerdotes están más pendientes de conservar la Ley, el orden establecido, sus privilegios, su estatus en la sociedad, que de vivir en la esperanza de un mundo mejor para todos…; por ello no ven en un bebe indefenso, tierno, al Mesías, y no verán en Jesús al Hijo de Dios, sino un peligro social, al que hay que eliminar. Ella, Ana, representa a tantas mujeres mayores que aparecen en las páginas de la Sagrada Escritura, a Sara, la mujer de Abraham, madre de Isaac, a Noemí, la suegra de Rut, a la madre de Samuel, hasta llegar a Isabel,… Mujeres que sin los conocimientos intelectuales ni bíblicos que podía tener un sacerdote están al servicio de Dios, hablan con sus vidas de Dios, mujeres que no han llevado una vida fácil, pero que no han perdido la alegría y han confiado siempre en Dios, ellas son las que ven en el bebé a Dios, las que se alegran ante la ternura de Dios hecho niño.

Junto a estos personajes, y, aunque no aparezcan en las lecturas, tenemos a nuestros abuelos, como en la imagen del cartel que han elaborado para esta Jornada de la Familia en la Conferencia Episcopal, donde aparecen los abuelos maternos de Jesús: Joaquín y Ana. Como nuestros abuelos… Ellos, en muchos hogares son los primeros, y a veces, los únicos catequistas, ellos desde años son los que están transmitiendo la fe a los nietos, no creo que haga falta que de ejemplos, creo que muchos los conocemos, sobre todo en Europa, en América, al menos en Perú, Bolivia y Honduras me consta que los jóvenes y los padres también transmiten la fe habitualmente. Y, para mí, que ya me voy haciendo mayor, los ancianos los tengo más cerca, son ya mis padres, y las lecturas que preceden al Evangelio me vienen como anillo al dedo, para seguir animándome a estar con ellos, atenderlos, escucharlos, cargarme de paciencia y seguir a pesar de incomprensiones, disgustos, enfados…; esto son cosas de la convivencia, pero como se nos dice en la segunda lectura, el amor lo puede superar todo.

Bueno, me he alargado demasiado, ya me voy haciendo mayor y pesado, pero lo importante, es que vivamos en el amor, y lo vivamos no solo hacia los pequeños, sino también hacia nuestros mayores, nuestros ancianos, que son quiénes nos enseñaron a amar.

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