Domingo 31 de enero 2021 (IV Tiempo Ordinario) | Deuteronomio 18, 15-20; Salmo 94; 1ªCorintios 7, 32-35; Marcos 1, 21b-28

Por JOSÉ LUIS BLEDA FERNÁNDEZ | Terminamos el primer mes del nuevo año, y, seguimos inmersos en medio de una pandemia a la que no se le ve salida. Quizá los diez días que he tenido que vivir confinado me han hecho más consciente de esta realidad, así como las noticias de amigos que han perdido la vida a consecuencia de esta pandemia, aquí, en Bolivia y por todo el mundo…

Y, esto lo hago, en una semana en que vemos como a nivel de naciones priva el egoísmo, el interés particular sobre el bienestar común, de todos: vemos como las farmacéuticas parece que hacen caja con las vacunas, incluso incumpliendo contratos, como naciones como Israel vacunan a los suyos, y, están dejando a palestinos (que también son suyos, pues no les dan la independencia) sin vacunar, imagino que pensarán que si ellos están vacunados, aunque no lo estén todos sus vecinos, están a salvo…,; lo mismo pasa en América, allí las vacunas llegan a cuentagotas, en Bolivia me dicen que ni las han visto, y no digamos nada de África… Me da la impresión de que estamos en un “Sálvese quien pueda”, aunque debo reconocer que al menos no me he sentido abandonado en ningún momento del confinamiento por la sanidad murciana, mi médico de cabecera siempre ha estado ahí, al igual que los rastreadores y el personal de salud que nos han hecho el seguimiento del covid-19 estos días, un lujo, un privilegio en medio de nuestro mundo.

Aprender a callar

En estas circunstancias resuena de manera especial la invitación que se nos hace en el salmo responsorial de escuchar. Ojalá escuchemos lo que Dios nos dice, nos quiere decir con lo que estamos viviendo, pero para escuchar hemos de empezar por callarnos, por prestar atención al otro, por dejar de vernos o verme como el centro del mundo, el que necesita ser escuchado, atendido, comprendido, para atender, ver, darme cuenta del otro, de su necesidad, de su mensaje… Ojalá escuche, ojalá escuchemos…, en medio de un mundo que niega antes de escuchar.

Si escuchamos a Dios una de las cosas que podemos oír es que la salvación está en nosotros, en uno como nosotros, en uno de los nuestros: Dios salvó a su pueblo de la esclavitud y lo llevó a la tierra prometida a través de un hombre: Moisés, uno de ellos, pero uno que fue capaz de escuchar a Dios y luego de actuar según lo que había visto y oído. Si tras Moisés Dios promete a su pueblo suscitar profetas como él, uno de esos profetas puedes ser tú, yo, o cualquiera de nosotros: una persona de carne y hueso, capaz de sentir, de ser sensible ante el sufrimiento del pueblo, su esclavitud, capaz de vencer el miedo para acercarse a Dios, para escuchar su voz, para vivir su vocación…

Excesiva preocupación

La segunda lectura nos habla de uno de los principales obstáculos para la escucha: la excesiva preocupación. Una preocupación que no es mala, pues no está mal que la mujer se preocupe de las cosas del marido, de los hijos, de casa; ni tampoco está mal que el marido se preocupe de ello. No está mal que yo me preocupe de mis padres, … El amor nos lleva a preocuparnos de los demás, debe llevarnos a eso, además, al creyente, a quién ama debe preocuparle el otro, el hermano, pero no hasta el punto de olvidar que el otro, el hermano, el esposo, los hijos…, son de Dios y están en sus manos. El exceso de preocupación nos lleva a creer que todo depende de mí, de lo que yo haga, nos lleva a olvidarnos de Él, e incluso, a ocupar el lugar de Él, como decía una amiga italiana, la madre Luisa: “A veces nos creemos que somos la mamá de Tarzán”. Fiarnos de Dios nos llevará a escuchar su voz, a ponernos en sus manos, a poner a los otros en sus manos, nos llevará a actuar también, a colaborar, pero sin caer en la tentación de hacer al otro dependiente, sin creernos los “salvadores del mundo”, un mundo que ya está salvado, pues Cristo murió por él.

El Evangelio también nos habla de esto, nos habla de un Jesús que enseñaba con autoridad, no como los escribas; y nos habla de un seguimiento a Jesús que no consiste en conocer y obedecer, sino en escuchar y amar. Los escribas conocían la Biblia al pie de la letra, la copiaban, los sacerdotes judíos conocían la Ley, pero ¿amaban a Dios? ¿cómo conociendo no vieron al Mesías en Jesús? Los espíritus inmundos, demonios, diablos, conocen a Jesús, saben quién es, pero no lo aman, no lo quieren, no le siguen… Y, no solo le conocen, sino que le obedecen, cuando Jesús les ordena que salgan, se vayan o dejen a alguien, lo hacen, no tienen más remedio que hacerlo. La obediencia sin amor es una obediencia como la de los espíritus inmundos, que no obedecen porque quieren, sino porque Jesús es más fuerte, puede con ellos. El discípulo, el seguidor de Jesús también debe obedecer, pero no por miedo ni por conveniencia, sino por amor, por convicción, desde la propia voluntad y libertad. Cuando no queremos a alguien no le escuchamos, no le prestamos atención, si lo hacemos es porque nos interesa, porque nos sentimos obligados, nos conviene… es un falso seguimiento, ojalá nosotros escuchemos, una escucha que nos lleva a vivir realmente el seguimiento de Jesús, el Mesías, un seguimiento basado en el amor.

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