Domingo de Ramos | Marcos 11, 1-10; Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1 – 15, 47.

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Por JOSÉ LUIS BLEDA FERNÁNDEZ | No como otros años, pero al menos habrá celebración litúrgica de la Semana Santa y con pueblo. Cierto que habrá cosas que no podremos hacer, como la procesión de ramos, el lavatorio de los pies, …; pero, al menos, aunque con mascarilla, podremos tener celebración en la iglesia y podemos juntarnos, aunque menos, para orar en comunidad y orar por todos como Iglesia. Este año el domingo de Ramos proclamamos la Pasión del Evangelio de Marcos, la más breve, apenas dos capítulos, y, podríamos llamarla también la más humana, ya que nos presenta al Jesús más humano, que sufre, que experimenta en su pasión el abandono de Dios, que grita antes de morir, que nos invita a ver en el hombre clavado en la cruz al Hijo de Dios. Si fuera explicando detalle por detalle esto ser haría muy largo, por ello sólo señalaré tres aspectos de esta Pasión, los que más me han llamado la atención este año, y comparto lo que me dicen.

Hay un detalle, al final del relato del prendimiento, que solo lo encontramos en este Evangelio, y que siempre me ha llamado la atención: el joven cubierto con una sábana, que seguía a escondidas a Jesús, y que para escapar sale corriendo desnudo… Me parece curioso que alguien llevase solo una sábana sobre su cuerpo, y por más vuelta que le doy a este joven, más me cuesta entender su papel, o, me costaba. Hay quienes afirman que ese joven sería Juan Marcos, autor del Evangelio, … Yo me quedo con que es un personaje que me invita a entrar en el Evangelio, a ponerme en su lugar: leyendo el Evangelio, leyendo la Pasión, soy como alguien que esta fuera, pero se asoma dentro, sigo, pero me oculto, estoy y no estoy, y aunque ya no soy joven, si puedo considerarme aprendiz en esto de ir identificándome con Cristo. El joven se queda desnudo para salvarse. Quizá ese detalle me dice que la Pasión de Cristo, si la leemos bien, si entramos en ella, nos desnuda, me desnuda, me deja desnudo ante Cristo, ante su Amor, ante su entrega, como dejó desnudos a los apóstoles, a los sacerdotes que le condenan, a Pilato, a todos los que participan en ella. Desnudarme ante Dios, a Él no puedo ocultarle nada, mis sentimientos, mis pensamientos más profundos, están al descubierto ante Él, ante su prendimiento, sus juicios, ante su silencio, sus humillaciones, su muerte. El joven para escapar, huir, queda desnudo; yo, para vivir con fruto la Pasión de Jesús, conseguir la salvación, también tengo que desnudarme ante Dios.

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El segundo es múltiple, y es fruto de comparar esta Pasión con la Parábola del Buen Samaritano, aunque esta sea del Evangelio de Lucas. Los discípulos no salvan a Jesús, a pesar de sus buenas intenciones. Los sacerdotes, la religión oficial de su tiempo, la que Jesús profesaba, no sólo no le salva, sino que es la primera en condenarlo. El Poder, representado en Pilato, a pesar de su buena intención, de ver que era inocente, se nos presenta como incapaz de hacer justicia al inocente. El pueblo, la masa, condena y rechaza a Jesús gritando: “Crucifícalo”. Puedo ser discípulo de Jesús, aprender de Él, admirarlo, participar en la Cena (Eucaristía) con Él, pero si luego mi vida, mis miedos, mis intereses, mis cosas, son más importantes, me quedaré dormido, huiré, desapareceré, negaré…

El Poder tampoco salva, Pilato ve que quieren condenarlo y sabe que no ha hecho nada que merezca la cruz

La religión nos lleva a Dios, nos habla de Él, nos pone en su presencia, pero, si la convertimos en ritos, tradiciones, costumbres, que acaban siendo más importantes que el ser humano, que justifican incluso la muerte de un ser humano porque blasfema, es impío, no cumple con el sábado, con lavarse las manos,… ; la religión se convierte en causa de muerte y condenación, así Jesús es arrestado por gente de los Sumos Sacerdotes, y será el Sanedrín el primero en condenarlo y llevarlo a Pilato para que lo condene ¿Cuántos proyectos que empezaron siendo evangelizadores y liberadores, han acabado oprimiendo al pueblo para mantenerse unos pocos en situación privilegiado, y ello en nombre de Dios? El Poder tampoco salva, Pilato ve que quieren condenarlo y sabe que no ha hecho nada que merezca la cruz, pero para mantenerse en el Poder hay que mantener el equilibrio con los sacerdotes, con el pueblo, con…, y acaba lavándose las manos y condenando a quién sabe que es inocente, algo que por desgracia sigue siendo muy actual.

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Y, el pueblo, el pueblo que lo aclamó el domingo de Ramos, movido por los sacerdotes grita: “Crucifícalo”; esto me lleva a muchas tertulias, con amigos católicos, de los de verdad, y cuántos no justifican la muerte de inmigrantes ahogados en el Mediterráneo, la existencia de los CIE, incluso si tuviesen que votar en referéndum aprobarían la pena de muerte, eso sí se horrorizan ante el aborto y la eutanasia… Lo único que salva es Jesús, es ser capaz de por amor dejarse prender, juzgar, condenar, vejar, crucificar, insultar, y morir, todo ello por amor, … Y el que lo comprende, es el hombre que ejecuta, que mata, …: el centurión.

Y, por último, el detalle final de la Pasión, las dos mujeres que veían dónde lo ponían, mejor dicho: observaban. ¿Dónde he puesto yo a Jesús? ¿Qué lugar ocupan su Pasión, su Muerte, su Amor, en mi vida, en mis decisiones, en mis compromisos? Un año más, de manera distinta a otros, pero un año más, la Pasión me ofrece la oportunidad de encontrarme con el Resucitado, de volver a llenar de ilusión mi vida, pero para ello, como las mujeres, he de ser capaz de ir a buscar al Crucificado en la tumba donde lo pusieron…, para encontrarla vacía y experimentar el gozo de la Resurrección.

 

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